Es esta una frase de cariño con la que se solían llamar a los arquitectos entre sus pares (por lo menos los de la generación de mi padre). El Colegio de Arquitectos acaba de cumplir 50 años de creación y tiene su origen en su antecesor organización, la Sociedad de Arquitectos del Perú.
En esta agrupación ya existían nombres tan relevantes para el oficio (y la historia peruana) como los de Rafael Marquina, Héctor Velarde, Fernando Belaúnde. Todos con obras que han marcado la ciudad por su relevancia y visibilidad.
Está también la aparición de la Agrupación Espacio que en su manifiesto de 1947 marcaba una ruptura con la arquitectura de entonces replanteando la mirada del arquitecto hacia la modernidad, una tardía vanguardia que, sin embargo también tenía espacio para mirar la arquitectura tradicional peruana. Luis “Cartucho” Miró Quesada, Adolfo Córdova, Santiago Agurto, entre otros, fueron los impulsores.
La arquitectura peruana tiene otros nombres también, pero son sus obras las que hablan por ellos, las que hacen ciudad. Sería inútil hacer una lista de todas las obras modernas que son parte integral de la ciudad, lo único que puedo pedirte, amigo lector, es que prestes atención a aquellas obras hechas entre 1950 y 1980, porque son las más amenazadas por la mal entendida modernidad que quiere destruir en vez de integrar.
Dos casos emblemáticos: el nuevo Jorge Chávez se “comió” al personalísimo y vibrante proyecto original de Arana, Orrego, Torres, Bao, Vásquez. ¿Acaso nunca vieron (salvando las distancias) el Terminal de TWA del aeropuerto JFK de Nueva York realizado por Saarinen? Se salvó porque era un hito. Aterrizando aquí, un hito amenazado es el edificio Limatambo (aquel del cartel de Coca Cola) realizado por Seoane Ross. ¿No existe una propuesta mejor que derribarlo? ¿No existen architectos que defiendan nuestro pasado?
