Suenan las sirenas. Una hamburguesa gigantesca. Pum. Una gran gaseosa heladita. Pum. La sonriente cara de un cliente bancario muy agradecido. Pum. Pum. Un automóvil sedoso a todo color. Otro Pum. Es un bombardeo de imágenes. Paneles. Vallas. Donde Vayas. Paraderos. Letreros. Afiches. Volantes. Carteles.
Góndolas llenas de productos. No hay refugio. La ciudad es un campo minado de publicidad, un blitzkrieg visual de cómprame, llévame, tómame, abrázame. Estoy aquí. Es la ráfaga comercial de quienes luchan por ganarse un espacio en tu mente mientras esperas el carro, mientras manejas, mientras caminas y mientras tanto tratas de pedir silencio en tu cabeza. Pides que pare el humo de tanto bombazo publicitario que genera un caos visual tremendo y es hasta peligroso. Pides que alguien regule y descontamine este campo de batalla en que se ha convertido la calle. No te molesta que haya publicidad, lo que te desconcierta es la anarquía de información: letras, colores, números, fotos, dibujos, mensajes. Pum. Uno se acostumbra al ruido, convive con él, porque finalmente eres un animal de costumbres y el hábito hace al monje. Hasta que hay algo que lo hace más peligroso aún: bombas con un añadido, bombas químicas que se esparcen y van contagiando las mentes una a una con su sutil veneno. Bombas con errores ortográficos. No quieres saber si son a propósito o no. Lo que te jode es que luego la gente cree que la palabra cero es con zeta.
Zero grasas. Zero azúcar. Zero Cinco. Jalado. Que no te vengan con alienaciones. No hay justificación alguna para esta guerra química en donde las malas letras son balas dum-dum para la educación ortográfica. Que es cultura finalmente. No hay justificación alguna para Plazitas y demás engendros de contrabando porque tu redactor creativo “la rompe” pero también destroza el idioma. Así que Pum para ti.
