Horas después de la muerte de Daniel Zamudio me topo con el Facebook de Pedro Lemebel, uno de mis escritores preferidos. Él, con su cara de yegua apocalíptica, con el rímel corrido, trepada a una carroza de fresas con chantillí, también es chileno, gay y conoce muy bien a los matacabros. Ha palpado la esquina de su odio. En sus libros hay mariconas violadas, golpeadas, asesinadas, por sujetos, policías, toreros que acaban de tirárselas o que tienen muchas ganas de hacerlo, y eso no se lo perdonan a sí mismos.
En la crónica “Las amapolas también tienen espinas”, Lemebel describe con su estilo de copla prostibularia la carnalidad de una escena entre dos hombres, uno que se arriesga a esperar “al primer macho que le corresponda el guiño”; otro que también ha buscado las sombras pero cuyo ardor muta repentinamente en crimen. De la carnalidad a la carnicería: “se cobran en el pellejo más débil, el más expuesto. El corazón gitano de las locas que buscan una gota de placer en las espinas de un rosal prohibido!”, escribe. Al día siguiente, continúa, la prensa amarilla “acentuará las puñaladas” con titulares como “Murió en su ley”, “El que la busca la encuentra”, “Lo mataron por detrás”.
¿Cuántas veces hemos presenciado la violencia homofóbica sin inmutarnos, sin reaccionar con algo ni remotamente parecido a la indignación que ahora ha movilizado a todo el mundo contra la muerte de Daniel? ¿Tal vez porque la foto que circula en los medios dista mucho de la imagen de dos hombres teniendo sexo en la penumbra de un parque? ¿Tal vez porque aunque fuera gay no parecía cabro?
¿Ahora repudiamos los golpes y la esvástica, cuando hace solo unos meses un periodista amenazaba con golpear a los maricas si se besaban frente al cole de sus hijos? No, no basta con quitar la palabra “maricón” de tu vocabulario y con tener un amigo gay que es genial. “Bestias crueles de los parques”, ha escrito Lemebel en su muro y yo me he puesto en guardia, para no llorar.
