Desde que tengo un iPhone debo soportar toda clase de infumables discursos sobre la tecnología y la incomunicación humana. Cada vez que pongo mi celular sobre la mesa del almuerzo, me siento como una mafiosa que pone su pistola al lado del plato. Puedo sentir la hostil mirada de quienes esperan por alguna extraña causa TODA mi atención. Defiendo cada día mi derecho a la multitarea y me asumo precozmente como una Cyborg, esto es, como un ser vivo mejorado por su íntima relación con la máquina.
Todo iba bien hasta que el otro día, estábamos Jaime y yo en la cama, revisando el correo cada uno desde su teléfono y se nos ocurrió la genialidad de compartir nuestra ubicación en el WhatsApp, esa aplicación con la que podemos textear gratis, mandar fotos, audio y, por si fuera poco, enviar nuestra localización actual para no perdernos y, sobre todo, para que nadie que nos esté buscando se pierda en el camino. ¿Veríamos nuestros pequeños avatares uno encima del otro en nuestra cama de píxeles?
Jaime y yo intentábamos localizarnos en el mapa y en el territorio, cuando oh sorpresa, según mi teléfono, él se encontraba a 350 metros de mí, en medio de la plaza que está a dos cuadras de nuestro departamento. Según su teléfono, yo estaba algunas calles más abajo, en la puerta de un museo. Pero de hecho Jaime estaba aquí, a centímetros de mí, sentía su calor, oía sus risas, él oía las mías, aunque en la pantalla fuéramos dos entidades azules, distantes y trémulas.
Desde que tengo un teléfono inteligente, no he hecho más que negar la tesis de que estos artefactos que tanto nos conectan, estén en realidad contribuyendo a nuestra desconexión total del otro y de uno mismo. Puede ser cierto o no, pero siempre será un error echarles la culpa, ellos sólo son inteligentes. Nos toca a nosotros decidir si la distancia que detecta la máquina es la distancia real.
