No recuerdo el momento preciso del impacto, pero sí que las paredes de mi habitación eran azul cielo y las gotitas de sangre muy rojas. Ni siquiera pensé en el dolor. Me miré la nariz y estaba torcida. Volví a mirar la pared y solo pude pensar en el estropicio que habíamos causado por pelearnos de madrugada. Limpié la pared pero mi cara se hinchaba. Pensé que no había marcha atrás. El agresor se miraba el puño incrédulo y daba vueltas sobre sí mismo como un perro que persigue desesperado su propia cola. Aunque me la enderezaron, años después frente al espejo todavía al aspirar con fuerza uno de mis orificios nasales se contrae y desdibuja, conmemorando mi propia versión de los hombres que no amaban a las mujeres. Yo en el papel estelar de la víctima.
A veces, las mujeres hablamos entre nosotras de cicatrices y huesos rotos. El otro día una amiga contó que su jefa había llegado con un ojo contuso, cortesía de su marido. Ya puedes ser todo lo jefa, feminista y empoderada que quieras, cuando te cruzas con un maltratador, la vida empieza a verse color morado. Muchas logran –casi siempre pagando un altísimo precio de dolor y echando mano de toda su valentía y toda su inteligencia– hacer de este tipo de agresiones una herida de guerra, la huella imborrable de una trampa en la que no volverán a caer. Pero hay otras para las que la vida se ha convertido en una celda hecha de golpes y amenazas, otras a las que el miedo parece haber paralizado. Y lo que para algunas es una anécdota en la cara para otras es algo más que una temporada en el infierno.
Hace unos días el holandés que mató a Stephany Flores dijo a la prensa que se considera un hombre guapo y que no entiende cómo las mujeres a las que abordaba en las discotecas no querían irse con él encantadas. Como el amor o el sexo, para las mujeres la muerte con frecuencia tiene forma de hombre, aunque, como en este caso, éste se vea reducido a su mínima y estúpida expresión. ❧
