Cuando vine a España me traje de recuerdo un polo de la PUCP. Pronto caí en cuenta de que no iba a poder usarlo. Aunque en Lima ponérselo fuera cool –significa que pudiste pagarte una educación privada– aquí mis amigos se hubieran reído al ver a una peruana libérrima, sin bautizo ni comunión, llevar como estandarte un símbolo de la evangelización colonial y del conservadurismo más rancio.
Probablemente fuera católica (y algunas veces muy católica), a menudo peruana, incluso pontificia, pero la PUCP ha sido y es, sobre todo, una Universidad, un espacio para el libre ejercicio de la enseñanza crítica de calidad y, disculpen el cursi y eclesiástico símil, también un templo del saber, plural y de humanismo inquebrantable. Y ese es mi emblema, aunque no me haya vuelto a poner la camiseta.
Mientras estudiaba, el Centro de Asesoría Pastoral, el “Capu”, fue mi lugar de retiro físico y espiritual. En ese jardín con cruz, leí tumbada a Montaigne y a Shakespeare, ahí una amiga proyecto de monja intentó convertirme al cristianismo justo después de que me revolcara entre hojas secas con un nerd de Ciencias. Y casi lo logra.
A veces, al salir de las aulas donde enseñaban los Cisneros y los Hopkins, al alejarme de las cafeterías llenas de voces y vórtices, al dejar atrás las pasarelas por donde desfilábamos con nuestras sandalias de cuero y nuestras canastas de paja, al volver de los sitios donde nuestros cerebros bullían de nuevos conocimientos y nuestros corazones temblaban de inquietud por el futuro, casi siempre atacados de inseguridades y pasiones juveniles, me metía sin que nadie me viera a la capilla del Capu. No sé si Dios estaba en esa habitación oscura y silenciosa, pero allí la joven y aún atea libérrima encontraba algo, quizá la demostración de la feliz convivencia entre la razón, el cuerpo y el espíritu, eso que reinaba en el campus de la PUCP y que hoy lo más siniestro de la curia amenaza con desmontar.
