Una de las cosas que más me gustó de mi último viaje fue mirar el cielo y las estrellas con un telescopio gigante. El astrónomo francés que estaba a cargo del observatorio me contó que había por lo menos dos sitios no muy lejanos en los que quizá la humanidad podría empezar de nuevo. Tal como están las cosas, es lógico que ya estemos buscando un destino al que mudarnos para alejar nuestra masa corporal de tanto sufrimiento.
Algunas de las lunas de Saturno, debidamente reformadas, podrían albergar la vida, al igual que uno de los satélites de Júpiter, que irónicamente se llama Europa, me dijo entre risitas el francés.
Al mirar por el telescopio, me extrañó que las cosas se vieran de cerca muy similares a como se ven de lejos. La luna seguía pareciendo un queso; Saturno, una figurita de mi álbum del universo. Y el Perú, ese lugar en el que está lo que sea que necesites. Es un chiste. Pero quizá no sea mala idea, un día no muy lejano, bautizar alguna luna con el nombre de nuestro viejo paisito y promocionarla por toda la galaxia.
El caso es que le pregunté al astrónomo francés si creía que Dios podía estar por ahí. Alguien que ha estudiado tanto el cielo quizá tenía alguna noticia más concreta. “Antes creíamos que todo podía explicarse científicamente pero estábamos equivocados”, musitó.
Leo ahora sobre la llamada “partícula de Dios” y no puedo evitar que Bosón de Higgs me suene a algo sacado de El señor de los Anillos. Pero al parecer la partícula podría ayudar a responder a una pregunta fundamental: ¿por qué tiene masa la materia? O, para decirlo en lenguaje vernacular, ¿de qué estamos hechos? Porque somos masa, los muertos de Humala siguen siendo masa. Ya van 15 muertos y me pregunto si en mi país, ese agujero negro, se han perdido de vista las partículas elementales que componen nuestro pequeño universo.
Miré otra vez por el lente y no había ni rastro de Dios o sus partículas. Y acá abajo, sin embargo, la masa.
