La gota que derramó el vaso fue ver a Paul McCartney en bicicleta por el malecón de Miraflores. Algo nos hizo click dentro, como cuando Obama se comió una papa a la huancaína. Ganas de gritar arriba el Perú carajo. Que Mick Jagger visitara a Humala o que Jennifer López se meneara en el Puente de los Suspiros ya venían por añadidura.
Los días felices en que hordas de ecuatorianos cruzarían nuestra ominosa frontera para oír a Bon Jovi en un estadio nuestro –verlos gritar ahí Bad Medicine a voz en cuello es hasta mejor que ganarles un partido–, habían llegado. Pensar que hace cinco años nos pagábamos pasajes a Buenos Aires o Río para ver a Madonna. Ahora que se lo paguen ellos y que Madonna haga cola, que está cantando Britney Spears.
Gracias a Red Hot Chili Peppers, Green Day, Aerosmith, Sisters of Mercy y Pearl Jam hemos recuperado la autoestima como país. No todo te lo debemos a ti, Gastón. Es verdad que son bandas de los 90 que en otras partes hacen bolos en los clubes de carretera, pero, qué más da, es el año en que el grunge volvió.
Frases como “el mejor concierto del año” o “el mejor concierto de mi vida” han empezado a sonar fuerte en Facebook; y eso que fuimos a tres conciertos en 2011, y a cinco en toda nuestra vida, y uno de ellos es el de Charly García en la Feria del Hogar, pero al menos Charly no cantaba todavía como Joaquín Sabina.
Luego está el muy limeño síndrome de “si no estoy, no soy”. Y con tal de ser, pagamos por ver a ver a Ozzi Osbourne matar una gallina tres siglos después y lloramos con Erasure.
Pero nuestro acervo concierteril avanza imparable. Hemos esperado siete horas ¡por un concierto de Calle 13! Nos cagaron y nos colgamos la medalla en Twitter. Nos hemos hecho pudientes de un día para el otro. Ya se sabe que lo que más teme el que fue pobre es volver a la pobreza. Somos los nuevos ricos del rock and roll. Y se nos está notando.❧
