Salvo por el episodio de la chalina, la mañana pasa sin sobresaltos. “¿No ves que me veo ridícula?”, exclama con sus ojos ardiendo de indignación y ese tono de voz rotundo, como si no midiera un metro de estatura. No sabe nada de la vida y sin embargo, o quizás por eso mismo, solo puedo tomarla en serio, y liberar derrotada su pequeño y quebradizo cuello, antes de salir rumbo al cole.
Cuando papá (no cualquier papá, sino uno que no solo comparte de igual a igual las tareas de la casa, sino que suele cargar con las más ingratas) se va de viaje, a mamá (no cualquier mamá, sino yo) solo le preocupa una cosa: cómo llenar el panorama de las 24 horas que pasará a solas con su hija.
La solución siempre parece la misma: llamar a algún amigo/a, atraerlo con el cuento de tomarnos una cerveza, para luego acabar en un parque infantil alrededor de un columpio. Es una buena estrategia, no para huir de tus propios hijos, sino principalmente de otros padres de familia tan insoportables como tú.
Pero hoy, como es más que frecuente, ninguna persona normal tiene tiempo para salvarme. Por eso, al salir disparada del trabajo a recogerla, preparo mentalmente un plan para atajar ¿el temor? ¿la responsabilidad? ¿el aburrimiento?
Y ahí está ella, tan preciosa al verme esperándola en la puerta, con sus ojos ardiendo de emoción me regala un chorizo, sí, un maldito chorizo que ha hecho ella misma en su visita a una granja. “En un minuto y medio caerá un chaparrón”, sentencia muy seria, pero extrañamente, mientras caminamos en busca de la merienda de la tarde, ocurre todo lo contrario, el cielo se despeja y su voz electriza el aire, entonces aborto todos mis planes preconcebidos, siento por primera vez en el día que todo irá bien y me dejo llevar, entregada a la alegría de tenerla solo para mí.
