Durante seis días he estado rodeada exclusivamente de mujeres, algo que jamás creí que fuera capaz de conseguir. Encima de mujeres del siglo XXI, esas que dejan a sus maridos cuidando a los hijos en casa mientras ellas gobiernan sus países.
Durante 6 días, economistas, políticas, publicistas, rectoras, productoras, cantantes, actrices, han expuesto sus aventuras profesionales en el congreso "La experiencia intelectual de las mujeres”, organizado maravillosamente por Conaculta, demostrando por qué estamos dónde estamos, después de muchas vidas construyendo con las piedras arrojadizas nuestra pared.
Leo en la prensa, ayer 8 de marzo, que si la candidata de la derecha Josefina Vázquez Mota ganara la presidencia en México, tendríamos un 60 por ciento de mujeres presidiendo naciones en América Latina. Y yo recuerdo a Susana Baca, nuestra fugaz ex ministra, invitada al evento, sacando un papelito de su bolsillo y cantando bellamente para todas: “Me celebro, me celebro, me celebro”.
Y eso hacemos, aunque nos sigan dando patadas. Pero en esta fechas, más que cantar victoria, deberíamos recordar que para anotarnos puntos no basta con sumar cada vez más señoras en puestos de poder. De qué sirve presumir de presidentas si las líderes no se ponen en la primera línea de fuego para defender los derechos y libertades fundamentales de las mujeres y los hombres, si no gobiernan con instinto, sensibilidad y solidaridad.
Mientras contábamos nuestras historias de éxito, otro tipo de relatos se compartían en privado como delante del fuego: una intelectual lleva dos años sin hacer el amor, una hija reniega de su famosa madre, una madre pide que le adelanten el regreso porque su hija adolescente le ha llorando al teléfono pidiéndole que vuelva, otra ex ministra en su primer día sin escolta da saltitos por la calle, una escritora quiere hacerse la cirugía plástica… Eso también somos, mujeres que en el coffee break se enseñan las fotos de sus hijos en los celulares y sueñan con cambiar el mundo.
