Hoy compré Público, uno de los pocos diarios progresistas españoles. Ayer sus propietarios, después de ofrecerlo a un concurso de acreedores, anunciaron que empezaba a morirse. Algo similar había ocurrido en el 2010 con los dos principales periódicos de Filadelfia (EE.UU.), quebraron y poco después fueron rematados en subasta. Desde el propio Público y en un gesto que se multiplicó gracias a las redes sociales, los trabajadores se comprometían en tanto a seguir haciendo el diario sin cobrar, y nos animaban a comprarlo, la mejor forma de darles apoyo. Hace solo dos semanas, otro periódico español, el gratuito ADN, enterró el pico por la crisis publicitaria del papel y más de 60 periodistas se fueron a la calle.
En este contexto, la sensación general es que la prensa del siglo XXI ya no se aguanta con un invento del siglo XV como la imprenta. Pero, para el consumidor de noticias, la alternativa, Internet, es un medio irrenunciablemente gratuito. Ya nos enteraremos en Twitter. Y el periodista profesional y desempleado se mira ahora en el espejo de lo virtual como extrañando el viejo “arte de envolver pescado”.
Que recupere su papel en la puesta en escena de la comunicación pasa necesariamente por un nuevo modelo comercial de la prensa, uno que favorezca la convivencia entre lo digital y lo impreso, entre el sistema de pago (único sustento de la profesión) y la libre circulación de la información.
Por eso, si usted está leyendo esta columna en a) papel o b) una pantalla, por favor no se sienta a) como un bicho raro o b) un pirata. En cualquiera de los dos casos, le damos las gracias por contribuir al futuro del gremio, por lo demás bastante golpeado.
Y sobre todo, gracias por intuir eso que rezaba en una pancarta durante la protesta por (otro) despido masivo de periodistas: “Nuestra precariedad es su desinformación”. ❧