Vine a España porque me dijeron que aquí vivía mi destino, una tal Europa. Pero la crisis es Europa y España ni siquiera es Europa, es un páramo. En los últimos meses, dos de mis mejores amigas regresaron. Una volvió a Lima, la otra se fue a Miami, que para los efectos es casi lo mismo.
En total, leo en las noticias, 1.500 peruanos fugaron en el último año, junto a 3.200 ecuatorianos y 1.700 colombianos. Medio millón de personas se habrán ido en el 2011, incluyendo a un 10 por ciento de españoles. Por primera vez, decía El País, en décadas, la emigración superaba la inmigración.
Yo también me fui, pero de Barcelona. Abandoné mi casa para ver la capital. Fue un giro de manual de supervivencia. A veces imagino que ya solo quedamos Mario Vargas Llosa y yo en Madrid. El panorama es inhóspito. Los que se quedan, sean de donde sean, tampoco encuentran cómo ganarse la vida. Antes era un bicho raro por ser peruana y no limpiar casas en este país, ahora soy un bicho raro por tener trabajo, simplemente. Incluso hay gente que cree que soy alemana.
¿En qué momento se jodió España? Pregunta retórica (fue cuando sus propios Pedros Páramo se cruzaron de brazos y se convirtieron en piedra y polvo), la pregunta es si España dejará de caer, niños del mundo, digo, es un decir. Parece que fue hace un año que mi madre hacía colas en la embajada de España en Lima para poder traerme un pote de ají amarillo. De hecho, fue hace un año. Ahora hay que agradecer a los funcionarios que nos denieguen visas y nos disuadan de buscarnos la vida aquí.
Los muertos no viven ni en el espacio ni en el tiempo, decía Rulfo de su páramo. En el Viejo Continente también nosotros estamos desapareciendo. Cerca de mi piso hay un restaurante peruano, La Lupita, famoso por servir el mejor pollo a la brasa del mundo, en medio de niños que berrean, cumbia a todo volumen y malas instalaciones eléctricas. Algunos días voy allí para sentir que estoy otra vez en el primer mundo.❧
