Cuando llegué, en 2003, España todavía era uno de esos sitios donde daba gusto vivir y había dinero a raudales. Como se trataba de un país nuevo rico (que en su día había salido de una durísima guerra; después, de una larga dictadura y finalmente de una opinable transición), ostentaba con orgullo su flamante membresía en el club de los dueños del mundo. Yo la verdad es que ni me enteré. Estaba demasiado ocupada en sobrevivir como la recién llegada que era. Fui una individua en crisis cuando todo era bonanza, y cuando por fin me disponía a disfrutar de la lluvia de millones, le llegó la crisis a todo lo demás.
El tiro de gracia al alicaído ego español lo ha dado el gobierno argentino al expropiarle YPF a Repsol. En España se rasgan las vestiduras y se gritan impúdicas defensas de las transnacionales, que a su vez acusan a Argentina de cambiarles de repente las reglas de juego.
Pero una cosa es el gobierno de España y otra cosa muy diferente son los españoles. Estos días están siendo muy duros para los segundos. Los que no tienen trabajo siguen sin novedades; los que sí lo tienen, sufren el recorte de sus sueldos: no se trabaja o se trabaja más por menos. Los servicios básicos como el transporte y las medicinas se han encarecido. Las últimas reformas se cristalizarán a corto plazo en la simple y llana reducción de personal: menos médicos y menos profesores. Conclusión: las reglas de juego, en realidad, se han cambiado dentro de España y en contra de los españoles
Cuídate España de tu propia España, escribió César Vallejo. Y dijo más: “¡Cuídate de la víctima a pesar suyo, del verdugo a pesar suyo y del indiferente a pesar suyo! ¡Cuídate de los nuevos poderosos! ¡Cuídate del que come tus cadáveres, del que devora muertos a tus vivos! ¡Cuídate de tus héroes! ¡Cuídate del futuro!”.
Cuánta razón tenía Vallejo. No es que los poetas sean videntes, es que los países son ciegos. Por eso, cuídate Perú de tu propio Perú.
