Hace unos días, con motivo de una presentación en Madrid, yo había preparado mi viejo baúl de los recuerdos. La idea era mostrar una serie de objetos, cartas y demás memorabilia íntima que iba a servirme para contar mi historia personal de un año en concreto: “1986”. A punto de empezar, me di cuenta de que había olvidado la maleta en casa: había olvidado mis recuerdos. Como el Perú, no puedo jactarme de mi buena memoria. Por eso guardo celosamente cada imagen, cada papelito.
Trozos de vida arrancados al vacío, decía Perec. En nuestro país, la mala memoria, o la memoria selectiva de dudoso calibre es un mal endémico. Lo padecemos en cada elección en la que estamos a punto de devolverle el poder a quienes nos destruyeron, en cada momento en que se nos olvida que la pequeña mentira alimenta al monstruo de la corrupción, en cada ocasión en que decidimos que el deber lo cumplan otros mientras nosotros tomamos el atajo ocioso y temerario. Por eso ahora yo recuerdo.
Recuerdo a mi hermana menor en la otra cama, cuidándome desde su más tierna infancia.
Recuerdo los años de militancia de mis padres, ilusionados con sus ganas de cambiar el mundo, o su pequeña parte del mundo. Y su decencia.
Recuerdo la quinta de Jesús María donde mis abuelos me envolvían con su amor y me preparaban camotito frito con carne.
Recuerdo mis miedos, todos ellos, a hablar en público, a decir lo que pensaba, a pensar lo que quería, a ser lo que era.
Recuerdo unos versos de Luis Hernández que decían que olvido y memoria son tan solo los reflejos de lo áspero y amado.
Recuerdo el terror de las bombas y el terror de la represión.
Recuerdo que un día miles de jóvenes salimos a las calles y jugamos nuestro papel en la historia.
Recuerdo a todos mis amores con amor.
Recuerdo todas las promesas que hice y las que nos hicieron.
Yo recuerdo. ¿Recordarán quienes realmente no deben olvidar?
