El medio de vida del minero informal es la perfecta metáfora del Perú: gente rascando lo que puede en las catacumbas de una sociedad que para seguir emergiendo lo barbariza todo. En esa lógica perversa, la historia de unos trabajadores atrapados bajo tierra y un presidente que se apersona al lugar de los hechos con el casco bien puesto, desprendía un olor inconfundible a refrito y a cine (con pretensiones) de bajo presupuesto. Solo que los espectadores del mundo decidieron no comprar el combo canchita + coca cola que sí habían devorado entre lágrimas con los mineros chilenos. Ya se sabe, segundas partes nunca fueron buenas, y por si fuera poco el show venía empañado por la doble condición de héroes y delincuentes de los afectados: paradojas de un gobierno que meses atrás decretó la ilegalidad de unos trabajadores que ahora rescata al grito de “misión cumplida”, al más puro Piñeira style.
No olvidemos que aunque la popularidad del presidente chileno subió como la espuma tras el espectacular rescate, hoy vuelve a estar por los suelos (o los subsuelos). Y eso Humala lo sabe bien. Le pasó con Artemio. Lástima que por cada terrorista capturado, por cada minero salvado, hay un Antauro o un Conga para recordarte de dónde vienes y a dónde ibas y ya no vas.
No, nuestra versión del drama de los mineros no generó suficiente raiting, ni siquiera en su momento climático. Se me hace que a los nuestros no los llevarán al set de Letterman, ni les ofrecerán contratos editoriales para convertir sus historias de precariedad en best sellers, es más, ni nosotros nos acordamos ya de ellos. Porque en los últimos minutos hemos reemplazado en nuestro imparable, voraz, consumo de noticias espectaculares, la etiqueta mineros por la etiqueta secuestrados en el VRAE. ¿Qué escenas a lo Chollywood nos esperan en este nuevo rescate? Confiemos en que por lo menos la película tenga un final feliz.