Por Ramiro Escobar
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¡Indignados/as del mundo uníos! Ese parece ser el grito de guerra, pacífico pero corajudo, que recorre Israel, Chile, España, Siria y otros países cansados del abuso o del floro ‘globalizador’, más debatible ahora que, otra vez, asoma el fantasma de una megacrisis económica. En medio de ese tumulto, las cacerolas emergen señeras e indomables.
Es curioso que dos estallidos ocurran en sociedades aparentemente bollantes en lo económico, marketeadas a veces como paradigmas de lo que ‘debe hacerse’ en ese terreno. En Israel, la palabra ‘justicia social’ se había esfumado entre el susto y la obsesión por la seguridad, y ahora ha resurgido en protestas masivas y espectaculares.
Protestas que, como en Chile, dudan de los beneficios reales de la ‘estabilidad’, algo que los economistas avispados deberían anotar para explicarse por qué las estadísticas gordas no inflan tanto el entusiasmo. O cómo es que territorios como la educación pueden revelar las grietas de la incoherencia, de la desigualdad erigida como pilar del sistema.
Los estudiantes chilenos protestan por eso: porque estudiar (sobre todo en el nivel superior) les cuesta demasiado, porque no es lo mismo ir a un colegio privado, a uno semisubvencionado o a uno público. Porque, como dice Camila Vallejo, la notable dirigente estudiantil chilena, debe demostrarse “que hoy hay democracia en Chile”.
Difícilmente puede haberla si las rutas de la educación perpetúan la injusticia, como ocurre en el país sureño y en toda América Latina, donde casi 3 millones de niños y niñas están todavía fuera de la escuela. En España e Israel, parte de la mecha manifestante proviene del costo de las viviendas, otro asunto indispensable y a la vez casi inalcanzable.
¿Es extraño entonces que suenen cacerolas? No, porque, al fin de cuentas, se trata del respetable tan-tan de la indignación, del eco proveniente de un utensilio asociado con otro asunto básico: la comida. Algo no está funcionando en el mundo como para que la educación, la vivienda y la alimentación, en vez de disfrutarse, induzcan a la bulla.
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