Por Ramiro Escobar
rescobar@larepublica.pe
Quito, Ecuador. Hace tiempo que no lo veía ni lo olía: dos expositores en el curso ‘pan-amazónico’ para periodistas en el que estoy, medio en broma pero a la vez en serio, se cuidan de lo que dicen cuando se refieren al gobierno. Asoma en ellos una cautela docta, que tiene que ver con la atmósfera mediática que se respira en estos aires andinos.
Los diarios (las televisoras también, aunque menos), por su parte, muestran entrevistas y notas sobre el caso del columnista de El Universo Emilio Palacio, sentenciado el pasado miércoles 20 a… 3 años de prisión por... haber cometido el ‘delito de injuria calumniosa’ en contra del presidente Rafael Correa. Se titubea, pero aún se denuncia lo que ocurre.
¿Exageran quienes dicen que ‘la libertad de prensa’ está amenazada en Ecuador? No. O al menos cuentan lo que viven y sienten. La condena, en primera instancia, a Palacio también incluye a los hermanos Pérez, directivos del diario. Y viene aparejada con un proceso abierto a los periodistas de Expreso Christian Zurita y Juan Carlos Calderón.
Y a la vez con continuos chicoteos verbales contra los hombres de prensa, a quienes Correa llegó a llamar “sicarios de tinta”. Claro, como en cualquier país, parte de la prensa ecuatoriana ha adolecido de excesos y ha cometido pecados de silencio o alharaca. Pero esa suerte de guerra santa emprendida por el presidente comienza a ser delirante.
El mandatario, a su vez, se ha premunido de un aparato mediático de más de 10 televisoras, radios y diarios. Entre ellos El Telégrafo, un diario histórico que hoy es del Estado, y otro llamado El Ciudadano, que es algo así como El Peruano en sus épocas más desnudas. Por allí navega un periodismo acrítico, hiperentusiasta con el régimen.
En suma, si un flanco controvertido y tropical tiene la ‘Revolución Ciudadana’ es este. El Ejecutivo ha convertido a la prensa en uno de sus objetivos políticos, casi cotidianos, como si no aguantara una pulga opinante en la oreja. La consecuencia es esa prudencia temerosa, que flota ya no solo en la prensa, sino en la piel de cada vez más ecuatorianos.
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