Por Ramiro Escobar
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El próximo 11 de septiembre se cumple una década de ese día fatal, de ese presunto cambio de eje en la historia contemporánea. De esa fecha que dio pábulo a teorías conspirativas, a hipótesis sobre un enfrentamiento terminal entre Oriente y Occidente. El 11/9/2011, además, también evoca el momento en que la inseguridad se volvió más global que nunca.
Casi 120 meses después, los aeropuertos tienen un aire policiaco, las alertas naranjas encienden el mundo y algunas guerras llevan el aura de esa fecha. Los ataques a Afganistán e Irak han costado sangre, sudor, lágrimas, despilfarro, y el único logro visible, hasta ahora, ha sido la muerte de Bin Laden, lo que, por cierto, no implica el fin del temor y el terror.
Al Qaeda muestra estar ahí, con el egipcio Ayman Al Zawahiri a la cabeza, y suele asomar en Europa, en el Sahel (norte semidesértico de África), en el propio EEUU y hasta en el furor de la ‘primavera árabe’, donde no parece conducir nada pero sí tratar de pescar a fusil revuelto. Es una amenaza que parece haber sentado reales en medio de la mundialización.
De la díscola era Bush se ha pasado a la era Obama, más cautelosa, pero quedan en la atmósfera, como ha detallado prolijamente el periodista John Carlin de El País de España, las dudas sobre el funcionamiento de los servicios de inteligencia de EEUU en este tema. Más precisamente, las razones por las cuales la CIA no le pasó información valiosa al FBI.
¿Qué se puede hacer, 10 años después, en un mundo ya sumergido en la turbulencia, con una crisis financiera galopante encima y con guerras de todo calibre que no fueron apagadas por este presunto conflicto global? La inteligencia política se perfila, en este umbral prolongado de la Historia, tan o más importante que la inteligencia militar.
Es ella la que puede redimir a las víctimas cosmopolitas de ese día terrible. Si el 11/9/2001 se cayó otro muro, el de la seguridad, el de las potencias invulnerables, el mejor homenaje a los muertos, a ese hombre desesperado que se tiró al vacío en medio de las llamas, es construir un puente político eficaz entre ciudadanos, culturas y civilizaciones.
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