Se cree fijo. Mariano Rajoy, líder del Partido Popular (PP), un mix de derechistas tradicionales y algunos sacudidos, habla ya como si fuera el ganador de las elecciones generales del 20 de noviembre (20-N), en las que los españoles irán a las urnas con una mano en el corazón, otra en el bolsillo y en medio de cierta melancolía.
No hay, para nada, una fórmula mágica que neutralice el dramático índice de “paro” (desempleo), que rebasa el alucinante 21.5%, cifra que ha dado la OIT. Ni un remedio contra la desesperanza que cunde en las calles y paseos, y que recientemente parió al “indignado” Movimiento 15-M (15 de mayo), acaso lo más vigoroso que se ve por estos predios.
Rajoy se muestra algo exultante, con aires de ganador, aunque tiene un serio problema: es a la vez sumamente nebuloso. Dice que bajará impuestos a los “ahorradores”, aunque no aclara si se trata de los grandes empresarios. Sostiene que dará “todas las medidas” para una prestación universal de salud, pero no explica bien cómo ni de dónde.
En el éxtasis de esta estrategia gris, pero efectiva (el PP supera al PSOE, Partido Socialista Obrero Español, por unos 15 puntos en las encuestas), ha llegado a proclamar que pretende “devolverles la felicidad” a los españoles, algo que provocó una corrosiva editorial del diario Público. Y que, claro, aumenta el aire gaseoso de su programa. Frente a ello, Alfredo Pérez Rubalcaba, el candidato del PSOE y ex ministro del Interior que más golpes dio a la ETA (hoy en cese ‘definitivo’ de su acción armada), se ha puesto más empeñoso, como si su lema fuera “¡sí se puede!”. Habla de aumentar los impuestos a las grandes fortunas y le espeta a Rajoy que es a los ricos a quienes hay que pedirles más austeridad.
¿Qué saldrá de este proceso electoral con sabor agridulce? Muy probablemente un PP ganador, llegando a una presidencia del gobierno que tiene sabor de presente griego. Y con una creciente “indignación” floreciendo en las calles, en los rostros y sobre todo en el alma de jóvenes y adultos varios, cansados de lo mismo y que no ven las urnas con mucha ilusión.
