La profunda crisis que sacude hoy al presidente Evo Morales, debido a su intención de construir una carretera que parte en dos un parque nacional, está haciendo que algunos se froten las manos, incluso a nivel continental. Se sueña acaso con una aparatosa revuelta, como la que en 2002 expectoró de Palacio Quemado a Goñi Sánchez de Lozada.
Pero el alboroto boliviano debería conducir más bien a desmontar un mito que, durante años, ha anidado tanto en los archidevotos de Morales como en sus detractores más díscolos: que se trata de un jefe de Estado indígena strictu sensu, de algo así como la encarnación pura de los pueblos originarios, de toda estirpe, aupado en el poder.
La realidad turbulenta está evidenciando que esa imagen necesitaba más de un matiz. Por un lado, el presidente es, en rigor, un sindicalista cocalero, de raíces aimaras, pero que, por ejemplo, no habla una lengua originaria ni preserva tan dedicadamente como otros costumbres ancestrales. Por otra parte, es esencialmente un político, habilidoso además.
Por cierto, eso no lo limita para asumir, legítimamente, la causa indígena, a la que se siente más cercano, y promover, en los hechos, medidas como convertir a Bolivia en un Estado plurinacional. Solo que la real politik de su enrevesado país ahora lo está forzando a tomar decisiones que lo ponen en el neblinoso umbral de lo andino y lo amazónico.
No es casual que la ola que intenta impedir la partición del dispendioso Parque Nacional Isidoro Sécure –con una ruta que traería de Cochabamba al Beni no solo el “progreso”, sino a cientos de cultivadores de coca– venga de los “indígenas del llano”. Es decir, de las etnias yucararé, chiman y moxeño, que no bailan necesariamente la saya cocalera.
Ni tampoco que un actor del drama sea Brasil, que financiaría, no sin condiciones de potencia emergente, la carretera. Todo lo cual conduce a mirar el escenario con cautela y a constatar, ¡una vez más por si hiciera falta!, que la gran mayoría de indígenas no dependen de un partido o líder, que toman sus decisiones por cuenta y protesta propia.