Los ataques contra varias iglesias católicas en Nigeria, el día de Navidad, han sacado a flote, con una saña algo inusual, el problema de la intolerancia religiosa. Se trata de un mal social y, digamos, del alma, que cunde en buena parte del planeta, que ha cubierto de sangre la Historia y que parece difícil de curar, al menos con oraciones al paso.
En dicho país, los perpetradores, que se han autorreconocido con un orgullo delirante, son los miembros del grupo Boko Haram (en hausa, idioma nigeriano, “la educación occidental es pecado”). Los muertos serían, hasta ahora, unos 40, en un país donde, de 160 millones de habitantes, 70 millones son cristianos. ¿El cálculo es acabar con todos?
El fanatismo –fuego sin luz, como sentenciaba una amiga psicoanalista– no tiene credo preferido. En Uganda, para seguir en el África, el “Ejército de Resistencia del Señor”, un lunático grupo de supuesta filiación cristiana, es responsable de masacres, secuestros y de usar niños soldados. Sus líderes ya están pedidos por la Corte Penal Internacional.
Si volteamos hacia Irak, Pakistán, Palestina u otras partes del mundo islámico u oriental, también recogeremos noticias de espanto: ataques contra grupos chiítas (por parte de sunnitas, presuntamente), violencia contra los cristianos coptos y enfrentamientos entre grupos musulmanes y judíos ultraortodoxos. De todo hay en la iracunda viña del Señor.
La fe, del tipo que sea, no parece ser el problema, sino sus términos totalitarios, ciegos. Es decir, la confusión entre lo que yo creo y lo que deben –tienen– que creer las otras personas, precisamente para que yo no me sienta desarmado. La aventura existencial es tan difícil que ofrece esa tentación del Absoluto, convertida a veces en sistema político.
Hasta los apacibles budistas se olvidan, por momentos, del nirvana. En la Navidad del 2006, en Colombo, Sri Lanka, las iglesias evangélicas y católicas fueron amenazadas, y hasta atacadas, por monjes que no hacían honor a Sidarta Gautama. Y ya para qué hablar de los predicadores que queman ejemplares del Corán o de los cardenales integristas.
Pero parece visible que el Cristianismo es la religión más perseguida del mundo. Tiene problemas en Oriente Medio y el Asia, en el África y hasta en América Latina, donde algunos curas dejaron sus huesos en la lucha contra las dictaduras más siniestras. Reconocerlo no debe ser motivo –espero– para candidatear a la hoguera anticlerical.
Porque si el fanatismo no tiene credo preferido, la intolerancia puede ser laica, beata, atea, ecuménica. No tiene fronteras, ¡hace tiempo está globalizada! Y comienza cuando yo creo que él debe creer, y él cree que yo no debo hacerlo, y ellos o ellas me condenan por no hacer ninguna de las dos cosas. Y finalmente todos nos vamos al Infierno.
