¿Qué se le debe pedir –exigir– a Barack Obama en su condición de Premio Nobel de la Paz 2009? ¿O simplemente en su calidad de ser humano? Ya se fue, casi totalmente, de Irak y la presencia militar que mantiene en Afganistán puede atribuirse a la dura real politik. Pero lo de Guantánamo es un escándalo sin atenuantes.
No sólo porque el cierre de esa prisión infame fue uno de sus ofrecimientos de campaña y porque él mismo, el 22 de enero del 2009, anunció que sólo estaría abierta hasta la misma fecha del 2010. Cuatro años después, cuando ya se acerca el fin de su mandato, esta suerte de mazmorra contemporánea sigue ahí, ablandada pero vigente y sublevante.
Cumplirá 10 años este miércoles 11 y, como ha recordado Amnistía Internacional (AI), esto muestra que Estados Unidos habla con fluidez el idioma de los derechos humanos cuando se refiere al panorama mundial, “pero tartamudea cuando se trata de su propia conducta”. Todavía quedan allí 171 detenidos, sumidos en un cruel limbo jurídico.
Viene a cuento ahora recordar algunas fechas, hechos y cifras, sin ánimo de sólo cuantificar el problema. La cárcel en cuestión fue abierta por George W. Bush en el 2001, al amparo de su “Guerra contra el Terrorismo” y creando la figura del “combatiente enemigo”, una insólita categoría que no estaría sujeta a las Convenciones de Ginebra.
Nacía así –en este pedazo de Cuba que nunca terminó de ser devuelto al gobierno de la isla– un espacio neutral, libre de intromisiones legales, impuesto por la fuerza, donde cualquier tortura podía suceder. De hecho, la ONU publicó, en febrero del 2006, un informe confirmando que existían “algunas prácticas” que caían en esa definición.
Investigaciones periodísticas o información filtrada de otros organismos internacionales revelaron que hubo casos de alimentación nasogástrica obligada (a raíz de una huelga de hambre en el 2005), privación del sueño, golpes y otras prácticas nada gentiles. En el 2003, según un informe de la propia prisión, se registraron 350 “autolesiones”.
En junio del 2006, se suicidaron dos sauditas y un yemení, todo lo cual forma parte del tenebroso currículum de este lugar por el que han pasado 779 presos de unas 30 nacionalidades, incluyendo a algunos menores de edad. ¿Qué gana Obama manteniendo esta cárcel global ignominiosa, que podría dar insumos a una novela de terror medieval?
En los últimos años, la situación de los presos se ha aflojado, ya hay cierto acceso de abogados y las cortes federales de EEUU han dado pelea por algunas apelaciones. Pero el insultante foso sigue allí y, como apunta AI en protesta por este macabro aniversario, Obama ha dejado que el laboratorio “siga funcionando”, a pesar de que él mismo un día utilizó para Guantánamo el eufemismo de “un experimento mal orientado”.
