Por Ramiro Escobar
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Cristina y Hugo pueden estar mal de la cabeza. Silvio hace unas fiestas ‘salvajes’. Muamar es realmente hipocondriaco. Ángela es ‘poco creativa’. Y a ese Nicolás hay que seguirlo al milímetro… Lo que parecen comentarios de barrio constituyen –lo sabemos ahora– la entraña más real, no imaginaria, de la política exterior norteamericana.
Sería mejor decir que, en cierto modo, lo ‘confirmamos’ ya que algunas de las cosas que aparecen en las espectaculares revelaciones de Wikileaks, al desvestir 250 mil documentos entre ‘secretos’ y ‘confidenciales’ (también ‘sin clasificar’), se presumían. Pero ahora, cual ‘vladivideos’ globales diplomáticos, tienen una prueba visible.
Hoy puede sospecharse, con más convicción, que la influencia de Estados Unidos –el principal desnudado, pero no el único, véase los cables provenientes del Golfo Pérsico– no se construye solo con acuerdos y brindis sino, además, con presiones. Y hasta con sabuesos detrás de funcionarios de la ONU, que parece haber perdido toda virginidad.
También se puede atisbar que el foco mayor de interés del país más poderoso está en China, Oriente Medio y, ojo, Turquía, por lo que queda claro que el ‘factor islámico’ sigue gravitando en el imaginario estadounidense. América Latina no está tan en el tablero, salvo por algunas aspirinas que Venezuela le hace tomar a la Casa Blanca.
¿Ha sido ‘temeraria’ esta revelación, como señaló Washington, o ‘peligrosa’ para algunas vidas, como ha sentenciado Londres? El strip tease mediático promovido por El País, The Guardian, Le Monde, Der Spiegel y The New York Times, en complicidad con Wikileaks, puede ser arriesgado, pero tiene una virtud moral: le devuelve a la gente la transparencia que el Poder no le da, invita a una reinvención de la diplomacia.
Por eso resulta penoso que las primeras reacciones de los afectados hayan sido la maldición y el propósito de enmienda, pero con sus sistemas de seguridad. Es como si no hubiera acto de contrición alguno, cuando, en verdad, el mayor peligro para la vida humana (¡miren la Cumbre de Cancún, señores!) es hacer de la política una opereta.
