A juzgar por lo que se vio esta semana, en el escenario global, resulta que estamos en un mundo en el que se puede orinar sobre cadáveres de los enemigos, asesinar científicos nucleares de forma preventiva o meter bombas en mezquitas no amigas. También se puede dorar la píldora de la historia y llamar a una cruel dictadura “un régimen militar”.
Los episodios descritos –ocurridos en Afganistán, Irán, Nigeria y Chile respectivamente– no son ciertamente novedosos, y más bien confirman una añeja tendencia humana a la violencia o la crueldad. Pero lo llamativo es cómo surgen, en tiempos supuestamente sacudidos de mentalidades arcaicas, racionalizaciones que quieren justificar la barbarie.
Rick Perry, por ejemplo, un pre-candidato republicano ahora renunciante, ha dicho que los aberrantes actos de humillación perpetrados por soldados americanos, al orinarse sobre cadáveres de talibanes, son “estúpidos errores” que los jóvenes cometen frecuentemente. Y, muy patriota él, ha acusado a Obama de hacer retórica con el asunto.
En torno al asesinato del científico iraní Mustafá Ahmadi Rosha, las reacciones han sido hasta curiosas.
Ante la insistente pregunta de José Levy a Shimon Peres, en CNN, sobre la presunta implicación del Estado israelí en el hecho, la respuesta del curtido político fue un nebuloso “No, que yo sepa”.
En la trinchera iraní ya se anuncia venganza y Ahmadinejad, el mandatario, sostiene que responderán “firmemente”. ¿Cuándo? ¿Dónde? No se sabe. Pero esta espiral crece y es atizada por los amagos de bloqueo del estrecho de Ormuz.
Es esperable alguna locura de los talibanes, con los que se venía negociando cierta distensión, o algún tipo de retaliación digitada por los ayatolás. Es sorprendente que, en la escena internacional, por debajo de las instituciones y los necesarios aparatos de inteligencia, sobreviva una tendencia por impulsos tan básicos.
Un ejemplo macabro de eso lo presentó en estos días la BBC de Londres al reseñar el libro American Sniper, que revela la historia de Chris Kyle, un francotirador del ejército norteamericano en Irak. El personaje en cuestión no se arrepiente de haber acabado con unas 255 personas y afirma “que le hubiese gustado matar más”.
Para explicarlo, dispara un razonamiento seco y elemental: “Creo que el mundo es mejor sin salvajes que atenten contra la vida de estadounidenses”. Las razones de Estado, por supuesto, no son así de chatas, pero si pueden parir mentalidades como esa, en cualquier rincón del planeta, es que seguimos siendo unos persistentes hombres de Neandertal.
