No, no estamos en 1789, ni muchísimo menos. Pero la resurrección en las ánforas del Partido Socialista francés, el domingo pasado, es un dardo político de envergadura en una Europa en crisis, muy virada a la derecha, que parecía estarse olvidando de la igualdad. François Hollande viene a moverle el piso, en nombre de una mayor fraternidad.
¿Qué significa el triunfo en primera, con grandes opciones de ganar en la segunda vuelta, de este líder, a quien se consideraba anodino y con poca garra? Para comenzar, el hartazgo del estilo de Nicolás Sarkozy, un presidente galo sui géneris, algo excesivo, mediático, que tuvo inusuales exabruptos políticos y personales en su gestión.
Lo central, sin embargo, más allá del Palacio del Elíseo y del Sena, es que una victoria de los socialistas en Francia daría una vuelta de tuerca en una zona que marcha al ritmo, y al paso ligero, que le pone Ángela Merkel. No más el dúo ‘Merkozy’. Si gana Hollande, no habrá gran distanciamiento, ni una dramática separación de cuerpos, pero sí un cambio.
A diferencia de los centro-derechistas europeos de toda estirpe, o de la mayoría de ellos, los socialistas piden no sólo ajustes económicos y austeridad. También demandan que los derechos sociales no sean pulverizados y que haya “crecimiento”, tal como ha declarado el ahora, para sus masivos y entusiastas votantes, “candidato de la esperanza” francés.
Esa mirada, y esa posible práctica política, se sale un poco del libreto, le baja las revoluciones al poder alemán y conecta ligeramente con los “indignados”, ese colectivo que aún anda por ahí, agazapado pero no dormido. Y además ocurre en Francia, el segundo país de la locomotora europea, que tiene poder de influencia y seducción.
De allí que haya temblores en Bruselas, en las bolsas de la región y en Berlín. No es previsible que un Hollande ganador patee el tablero, aunque al menos llenaría de otros aires el debate europeo, que se muestra cerrado en verdades algo irrebatibles, en medidas que generan resistencia social. O en imposiciones a países angustiados como Grecia.
Sin gran transformación a la vista, sí parece avecinarse un golpe de timón que agitará el cotarro, más aún si se tiene en cuenta que en el 2013 tocan elecciones generales en Alemania y los socialdemócratas comienzan a asomar con posibilidades. Nada, pues, estaba escrito en el ‘Viejo Continente’ y a partir del 6 de mayo, cuando Francia decida si gira a la izquierda, podríamos ver un baile bastante más movido que el minuet.
