Por: Ramiro Escobar
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Durante semanas, antes de que los médicos se dieran cuenta y la policía lo descubriera, Roberto Carlos Magalhaes, un brasileño del estado de Bahía, no tuvo mejor ocurrencia que introducirle 50 agujas en el cuerpo a su hijastro de dos años. Cuando la cadena O’Globo lo entrevistó, dio su argumento nada pascual: “Era para vengarme de su madre”.
En Tijuana, ciudad mexicana fronteriza con EEUU, una modalidad de burriers hace furor. Los ‘banderas’, niños de entre 10 a 15 años, primero se envician, luego llevan la droga durante unos 4 años y finalmente terminan con daños en el cerebro o muertos. Negocio redondo: no compiten con nadie, son desechables y menos sospechosos.
Más abajo, en otra esquina de este continente, que dicen que anda bastante bien económicamente, los indígenas awá de Colombia sufrieron, en octubre pasado, una matanza que incluyó a 5 niños. Los responsables serían guerrilleros de las FARC, lindos ellos, o paramilitares, aunque, claro, no hay señales de justicia. Herodes anda de rumba.
Y, perdón, interrumpimos esta columna de internacionales para hablar de un tema de justicia planetaria… En Umasi, Ayacucho, acaban de descubrir una fosa con los cadáveres de 25 niños, primero reclutados a la fuerza por Sendero Luminoso y, después, asesinados presuntamente por militares. ¡Ya estamos en la globalización del infanticidio!
Para qué mirar al África de los niños soldados, al Afganistán de los pequeños civiles que mueren en aras de la nada, al Irak de la desesperanza pueril. O a cualquier rincón donde una pequeña vida, una Navidad en potencia, se desvanece. Es descorazonador: el rey malvado aquel vive, ha dejado una escuela que persiste por los siglos del siglos.
¿Cambiaremos algún día? ¿Sentiremos, en nuestra piel y en nuestro corazón, no solo en nuestra mente, que la muerte temprana e injusta de cualquier niño es una hecatombe moral de nuestra especie? Siempre habrá Herodes o defensores necios de la amnesia. Pero siempre habrá, también, quien salve al mundo y a un pequeño con un abrazo.
