Aunque ahora suene algo utópico, lo cierto es que la mejor ruta para no provocar más olas conflictivas alrededor de las Malvinas es sacudir el debate de dos tumbos innecesarios: la ligereza patriotera (no el sentimiento patriota, que es legítimo) y las rancias nostalgias imperiales. En Argentina y el Reino Unido, respectivamente, flotan aún esas resacas.
Otra agitación inútil proviene de asociar, de manera lineal, la situación actual con la de los tiempos del brutal dictador Leopoldo Galtieri. Obvio: en 1982, la Junta Militar sureña se fue a la guerra para salvar su pellejo político, para provocar una unidad de emergencia con su pueblo maltratado. Encima –para no perder la costumbre– se habría torturado a algunos soldados.
Pero eso fue hace tres décadas, cuando no estaba claro que había petróleo en las islas (hoy ya existe más de una compañía actuando en la zona), cuando UNASUR (Unión de Naciones Sudamericanas) era un delirio político. Cuando la globalización estaba recién en curso y los golpes de Estado desembozados (no los solapas) o las agresiones armadas podían pasar piola.
Por lo mismo, resulta demodé que el Reino Unido se niegue a sentarse a negociar, desconociendo los nuevos tiempos, el hecho de que la ONU haya encargado el tema a su Comité de Descolonización y la opinión de buena parte de la comunidad mundial, especialmente la sudamericana. No es moderno eso; sabe a imposición del poderoso.
Hay una nube en los comienzos: no se sabe bien quién descubrió las islas, que luego pasaron por manos de franceses, españoles e ingleses. Lo que sí sabe es que en 1833, cuando ya la Argentina independiente las poseía (las ocupó desde 1820), Gran Bretaña invadió las Malvinas. En el origen, entonces, hay un acto imperial inaceptable, que hasta ahora deja su impronta.
¿Que en Argentina se alza el tema recurrentemente y para apagar incendios internos? Puede ser, pero eso no desmerece la justicia de la causa. Mientras esas tribunas se agitan, el Reino Unido manda barcos de guerra a dar vueltas por acá, por lo que es difícil decir quién pierde más la moderación, en un tema que debería navegar en las aguas serenas de la diplomacia.
La papa caliente del conflicto, sin embargo, es la opinión de los habitantes de las propias islas, que se sienten y quieren ser ingleses. Solo que incluso con ellos se podría llegar a un acuerdo mínimo (de status especial, de autonomía), si en vez de estar agitando las aguas con fragatas y comunicados, 30 años después de una guerra, hubiera voluntad mutua de acuerdo político.
