Por fin, cuando el ómnibus sorteó una loma, Sarajevo apareció ante nosotros, hacia la derecha, como una ciudad más, en donde se distinguían las bóvedas de algunas iglesias y mezquitas. En medio del mar urbano, sin embargo, el edificio del Parlamento bosnio lucía plenamente bombardeado, destrozado, dando fe de un horror vívido e inenarrable.
Los letreros de la ONU y de otras organizaciones comenzaron además a proliferar, con una advertencia indispensable: no se salga de los caminos, no cruce los predios por cualquier sitio. Un paso en falso, a campo travieso digamos, podía costarle a uno la vida, o una extremidad al menos, debido a la presencia de al menos 500 mil minas antipersona.
Habían pasado ya varios meses desde que terminara la dantesca guerra que, entre 1992 y 1995, enfrentó a los bosniaks (bosnios musulmanes), los croatas (católicos) y los serbo-bosnios (ortodoxos). Pero el espanto seguía allí, sembrado en el piso y clavado en las paredes, pues era difícil encontrar en aquella urbe una pared limpia de la lluvia de balas.
El polvo doloroso del conflicto recorría aún las arterias, incluyendo al Bulevar Mese Selimovica, antes conocido con el macabro nombre de “Avenida de los Francotiradores”, donde unas 200 personas (60 niños) perdieron la vida bajo los disparos de los soldados serbios. Ahora ya no estaban, pero el terror todavía parecía flotar en el asfalto.
Cerca de allí estaba el centro de Sarajevo: hermoso, histórico, con calles de piso adoquinado. Las mezquitas y las iglesias católicas u ortodoxas no guardaban mucha distancia entre ellas, algo para entonces increíble si se tiene en cuenta que, en el fragor orate de las batallas, las creencias de diverso tipo pusieron combustible a la hoguera.
Una imagen más vino a sacudir mi tranquilidad de cristiano bienpensante: en un café Internet, se sentó a mi lado un muchacho que carecía de una pierna y que lucía una deformidad en el brazo. Podría haber ocurrido también en Lima, o en Bogotá, pero ocurre que, desde entonces, percibí que la discapacidad campeaba entre las pieles más juveniles.
Muchos sarajevitas guardaban en su cuerpo los rastros del enfrentamiento, que comenzó un 6 de abril de 1992, hace 20 años, cuando, tras disolverse la ex Yugoslavia, los serbios, croatas y bosniaks decidieron que ya no vivirían juntos, que era mejor pelearse hasta el infinito, porque Bosnia ya no era de todos. Algo que les costó más de 100 mil muertos, 2 millones de desplazados y un trauma que, hasta hoy, provoca lágrimas y escalofríos.
