La Cumbre por el Desarrollo Sustentable, organizada por la ONU y denominada “Río+20” (20 años después de “Eco 92”, cónclave realizado también en Río de Janeiro), comienza mañana en la ciudad carioca y no lanza un pronóstico sostenible: se avizora una, digamos, biodiversidad de temas, pero una preocupante erosión de consensos.
Curiosamente, América Latina va más o menos bien parada, con una macroeconomía saludable, frente a una Unión Europea agobiada por una crisis que, incluso, ha sido vista como el preludio de la extinción de esta especie regional. Estados Unidos, por su parte, se muestra cauteloso y con un Obama que luce más preocupado por su propio ecosistema.
No es seguro que vaya, e igualmente se anticipan las ausencias de Ángela Merkel y David Cameron, otros dos pesos pesados del debate mundial, con lo que la Cumbre no sería tan alta. Ello aun cuando la UE, según la fundación CDKN (Climate Development Knwoledge Network), quiere resultados “ambiciosos, irreversibles y con impacto real”.
¿Cuáles son los nudos y que piden los países “en desarrollo”? Estos últimos, agrupados para el ring ambiental dentro del llamado “G-77 (130 países de América Latina, Asia y África) más China”, solicitan algo que, a la luz de las tormentas financieras, suena excesivo: 30 mil millones de dólares para el financiamiento del desarrollo sustentable.
Difícil que eso se acepte. Más fácilmente pasará un camello por el ojo de una aguja ambiental, aunque nuestros países tampoco son muy señeros en el tema. El gran error, en el barrio regional, consiste en pensar que el crecimiento es la voz, olvidando que nuestra salud en las cuentas depende, en gran medida, de los recursos de los ecosistemas.
Hasan Tuluy, vicepresidente del Banco Mundial para América Latina y el Caribe, ha dicho que nuestro éxito “está íntimamente ligado a la generosidad de la naturaleza”. Como esta Cumbre arrojará pocos fondos, financieros y éticos, al menos que se sepa, en todo el globo, que la crisis ambiental y la financiera son parte del mismo nicho ecológico.