No, esta vez no hay besada de piso, ni asombro global, ni conmoción en las redacciones. Y, sobre todo, no hay Papa polaco ni Comandante legendario. Aun así, a pesar de que Benedicto XVI y Raúl Castro solo protagonizan un segundo debut del Vaticano en la Cuba revolucionaria, la visita del Pontífice no deja de agitar el mar Caribe.
¿Qué encuentra el Obispo de Roma en esta visita a la isla peculiar y algo levantisca? Un claroscuro celestial y terrenal, si se quiere: más católicos en la vida pública y parroquial, cierta ola de iglesias pentecostales acechando, protestantes diversos, algunos musulmanes, hartos ateos o agnósticos, y aún más hartos devotos de la santería.
Si alguna vez alguien, demasiado marxista, pensó que con la revolución barbuda la fe, de toda estirpe, se esfumaría, hoy debe tener las ideas en remojo. Cuba, como la vasta mayoría de América Latina, parece tener en su sangre y su alma un irrefrenable pulso espiritual, pero que no es, necesariamente, el que le encanta a Joseph Ratzinger.
La santería cubana, por poner el ejemplo más visible y tangible, funde a Xangó (deidad africana u orixá) con San Jerónimo. La propia Virgen de la Caridad del Cobre, hoy en el epicentro de la celebración y la visita papal, es identificada por muchos como Oshún, otra deidad. No la tiene fácil el purismo vaticano en esta tierra de sincretismos.
Tampoco viene suave el baile político. Hasta ahora, Benedicto XVI no ha dado señales de humo a la disidencia cubana, no obstante que Berta Soler, dirigente de las Damas de Blanco, le ha pedido “un minuto” para hablar. Peor aún: florecen las denuncias de detenciones contra estas activistas y contra otros no devotos del régimen.
Para algunos de ellos no es suficiente la mediación católica con el fin de liberar a presos políticos; demandan más bien críticas sistémicas, no paliativos humanitarios, una papa caliente para un Pontífice que no tiene ni el carisma, ni la influencia, de Juan Pablo II. Y que, además, alguna vez se ha ido de labia vaticana al opinar sobre temas espinosos.
