Lo ocurrido en la ciudad siria de Hula el viernes pasado, cuando habrían muerto 108 personas, de las cuales 59 eran niños, marca un punto de quiebre sangriento en el proceso sirio y en la ‘Primavera árabe’ en general: como en Libia, estamos frente a un líder aferrado y afiebrado, pero bastante más cínico al parecer.
Gadafi, cruelmente sincero, sacó las garras, sostuvo, díscolo y desatado, que quienes estaban contra él estaban contra Libia. Bachir al Asad no muestra esos modales de coronel con ínfulas históricas: casi no sale a hablar, deja entrar a los observadores de la ONU, hasta dialoga con el ex secretario general Kofi Annan.
Pero detrás de su verbo sereno, o de las declaraciones de sus representantes, yacen 10.000 muertos regados por calles y plazas, desde que en marzo del 2011 comenzó la revuelta. Aun cuando todas las víctimas no sean responsabilidad suya, el solo hecho de que su país esté sumido en tal caos mortal ya es de por sí acusatorio.
Por lo demás, no hay indicios de que la realidad se reduzca a que la culpa de todo la tienen unos “terroristas” que atacan ferozmente al régimen. Lo poco que se filtra sugiere, más bien, que el Ejército Libre Sirio (colectivo armado de la oposición) se enfrenta con pistolas o fusiles contra armas de más envergadura.
Y las crecientes versiones de que se dispara, sin piedad, contra los civiles –niños, mujeres, ancianos– ha desatado la alarma y ha roto, por fin, el cerco de protección que Rusia montó alrededor de Al Asad. El Consejo de Seguridad se ha atrevido a emitir, en bloque, una resolución de condena.
Era algo que pedía Amnistía Internacional, pero que, como sostiene la misma entidad, no es suficiente. Si se confirma que los crímenes provienen del gobierno, el hoy presidente sirio habría cruzado todo límite del derecho humanitario, ¡de la simple compasión!, y podría ir a la Corte Penal Internacional.
¿Así de fácil pueden morir 59 niños, por “razones de Estado”? Unicef ya había alertado, en abril del 2011, sobre la muerte de decenas de niños en Libia y Yemen, en el marco de las revueltas árabes, pero lo ocurrido en Hula emerge como un pico indignante que no debe sumirse en la impunidad global.
