Signos de este tiempo: los últimos días han sido y están siendo, como pocos, profusos en masacres, o en noticias de ellas. La violencia estalla en los portales web o televisiones, como si la escena mediática internacional tuviera una lógica policial. Desde Afganistán, Siria, Gaza y el África –para variar– vienen historias descorazonadoras.
¿En qué se parecen el crimen perpetrado por un soldado norteamericano en Kandahar, la masacre recién denunciada en Homs y la saga siniestra de Joseph Kony en Uganda? Fácil, casi de tenebroso crucigrama de guerra: en que los tres fueron contra civiles, con una crueldad suma y zurrándose en el derecho internacional humanitario.
Es lo que el historiador inglés Eric Hobsbawn llama “la progresiva desaparición de la línea que separaba a los combatientes de los no combatientes” y que, en esta ocasión, tiene el escandaloso agregado de que varias víctimas son niños y niñas. En el caso sirio (Homs), de los 47 cadáveres encontrados, 26 son de infantes y 21 de mujeres.
La cuenta macabra se completa con los 9 niños de la masacre afgana de Kandahar (de 17 muertos), el menor palestino de 17 años victimado por un misil israelí en Gaza y los miles de pequeños torturados y esclavizados por Kony, además de las decenas de víctimas adultas de a pie. Matar gente desarmada es un tic guerrero de este tiempo.
Lo peor de todo es que al hedor de estos actos de barbarie suele seguirle el aura maldita de la impunidad. Si se comprueba lo de Homs, ¿irá al banquillo el tozudo presidente sirio? ¿Habrá resultados reales de la investigación al sargento que habría matado a los civiles en Afganistán, como ha prometido la administración Obama?
Frente a esa duda, atizada por tanta esperanza fallida, la campaña mundial “Kony 2012”, para que se sea capturado el genocida que lidera en Uganda “El Ejército de Resistencia del Señor” (un nombre abominable), se muestra como una leve posibilidad. Aun cuando Invisible Children, la ONG que la promueve, tendría sus propias sombras.
Más allá de los problemas de esta institución (dudas sobre su financiación, por ejemplo), lo sugerente de esta iniciativa es que demuestra que hay una sensibilidad mundial frente a la sangre olvidada, a las víctimas sin nombre. Al menos, somos capaces de levantar la voz desde la soledad de un teclado e inundar las redes sociales de sana indignación.
Eso no basta, ciertamente. Pero que a los políticos y criminales les conste en actas informáticas que la impunidad no tendrá ‘likes’.❧
