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Santiago sobresaltado

Por Ramiro Escobar
rescobar@larepublica.com.pe

Santiago de Chile. A la mañana siguiente de la segunda vuelta electoral del 17 de enero, esta ciudad amaneció más nublada y fría que lo que estuvo en estos días, literalmente ardientes, y hasta hubo un leve temblor, a eso de las 9 y 30 am. Las calles ya estaban más silenciosas que el domingo, cuando de numerosos autos se vivaba a Piñera.

¿Ha cambiado, en verdad, algo o simplemente se trata de la alternancia democrática, como sostienen algunos devotos limeños del candidato ganador? Es curioso, pero ni el propio empresario, hoy presidente electo, dice eso. Para él, y para sus partidarios, se trata de una gesta, de “sumarse al cambio”.

Por lo tanto, lo que se viene es un gobierno de centro-derecha con oposición de izquierda y centroizquierda. Antes de que me caigan a la yugular quienes proclaman, con razón pero con exageración, el fin de esas categorías, debo decir que acá en Chile mucha gente se autodefine como ‘de derecha’ sin sonrojo. El propio Piñera lo ha dicho públicamente.

¿Qué significa eso en el Chile de hoy? En términos económicos, no mucho, pero tampoco nada. Un ejemplo: la Concertación ha mantenido a Codelco, la magna empresa pública, como totalmente de propiedad del Estado; Piñera ha sugerido que se podría privatizar un 20%, aunque ayer, en una conferencia de prensa, no fue nada preciso al respecto.

En términos sociales, el temor es que se recorten algunos derechos laborales. El presidente electo lo ha negado en todos los tonos, pero flota acá la sensación de que, siendo gran empresario, difícilmente tirará para el lado de los trabajadores. Ese será, creo, uno de sus territorios sensibles.

A favor del próximo nuevo mandatario cuenta que ha sido enfático en decir que respetará el estado de derecho y las libertades públicas. Y que, en sus primeros gestos luego de ganar, ha sido respetuosísimo con la presidenta Bachelet. El tema es que, como tantas veces ocurre, no bailará él solo la danza o la, digamos, nueva cueca política.

La mayoría de sus diputados electos (57), por citar un ángulo del escenario, son de la UDI, el grupo más vecino al pinochetismo. Allí mora parte de la gente que, en la noche triunfal, no tuvo reparos en corear el nombre del dictador e, incluso, en agitar cuadros con su rostro. Es decir, es el Chile sin memoria.

O con la memoria recortada y nublada. Algunos de ellos, hay que decirlo, tienen claramente un Alzheimer político grave frente a lo que ocurrió desde 1973 a 1990 y no es claro cuánta capacidad de control va a tener Piñera sobre ellos. Por añadidura, ya se percibe en los triunfadores un tono antiChávez, antiEvo, anti-Castro y hasta antiCorrea.

Se perfila, por lo tanto, si nos ceñimos a la teoría de moda, un nuevo ‘eje’ en el que flotarían Colombia, Chile y…Perú. Eso, si es que asumimos que nuestras relaciones ahora mejorarán. Porque eso sí que no está claro. En los hechos, las declaraciones más incendiarias sobre nuestro país han venido de la ultraderecha.

La Concertación, finalmente, sale escaldada de este trance, aunque confía en que volverá recargada. Para que eso ocurra tendrá que aprender a ser oposición y especialmente a sintonizar con la calle, con sus bases, con la gente. Porque los ciudadanos le reclamaban transparencia, unidad, participación.

Y además de modernidad, equidad, algo que, en buena parte, se quedó en el tintero estos 20 años, y que Piñera casi no menciona, pues su verbo está más encendido por las palabras ‘éxito’ y ‘oportunidad’. Quiere que Chile sea ‘el mejor país del mundo’, algo, me parece, imposible en medio de tanto abismo social.

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