En estos días se cumple, en medio de remezones políticos, un año del inicio de esa ola global de protestas, que tuvo su germen en España y que se extendió como pólvora ciudadana por todo el planeta. Los “indignados” del 15-M (15 de mayo) están de aniversario y han vuelto a salir a la calle con renovado afán.
¿Se ha apagado ese fósforo espontáneo que, en los últimos meses, hizo pestañear al poder político y financiero? Si se juzgara el tema por el número de manifestantes de ahora, se podría concluir que la curva de las demandas ha bajado. Solo que ese razonamiento econométrico resulta insuficiente para entender el fenómeno.
En Europa, los recientes resultados electorales, o desenlaces políticos, hablan de una resaca popular que, en alguna medida, está conectada con el clima de indignación. No solo son los socialistas vencedores en Francia; en Dinamarca, Eslovaquia, Rumania y Bélgica asoman gobiernos de signo social demócrata.
Eso lo ha observado el colega español Javier Valenzuela, quien ve en estos cambios un ‘tsunami’ que ya arrasó a varios mandatarios europeos. Claro, otro de los caídos fue José Luis Rodríguez Zapatero, pero hay que ver cómo se disuelve la popularidad de Mariano Rajoy, su sucesor, para constatar que la calle no perdona.
No hay una urdimbre estrecha entre los indignados y esos partidos que vuelven o asoman (los desquiciados neonazis de Grecia, por ejemplo, son de otra camada). Lo que sí se perfila es un intento de que el hartazgo ciudadano se filtre por las rendijas de la democracia representativa. Para que alguien oiga el grito.
De allí que sea desatinado de parte de ciertos políticos –los de Partido Popular de España son el caso más visible– despreciar a los indignados. Esperanza Aguirre, la presidenta de la Comunidad de Madrid, ha dicho que el movimiento escondería “un golpe de Estado”. ¡Cuando lo que la gente quiere es que el Estado la escuche!
Los próximos meses irán abriendo la baraja otra vez, en Madrid y otras ciudades (incluso en el mundo árabe, donde la indignación es de otro cuño y hoy parece algo dormida). Como fuere, lo último que debe hacer la clase política, de izquierda o de derecha, es meterse debajo de la cama y olvidarse del clamor de las plazas.
