Ningún juez es divino. Precisamente porque deciden sobre asuntos humanos, los fallos judiciales son debatibles, apelables. Pero hay jueces que, por encima de esas limitaciones, suyas y de toda nuestra loca especie, procuran que la palabra “justicia” sea más tangible, menos envuelta en expedientes y corbatas.
Baltasar Garzón parece ser de esa estirpe, a pesar de que habría cometido excesos en su función (como mandar espiar a implicados en el caso Gürtel, una trama española de gruesa corrupción). A pesar también de que, para algunos desconfiados, su afán justiciero tiene a la vez un impulso figuretti.
Quizás, por lo primero, merecía una sanción (no ahondaré en el tema para no prevaricar periodísticamente), pero de ninguna manera el escandaloso cargamontón que está sufriendo. No se le quiere inhabilitar, por 11 años como ha ocurrido; se le quiere demoler y extirpar de los tribunales por siempre jamás.
La acusación contra él que más subleva es la que le plantan por querer hacer justicia a las víctimas del franquismo. Más allá de la espuma moral que eso provoca, tal vez esté allí el quid del caso: Garzón no quiere que la impunidad entierre el espanto, que se vuelva un mal universal, en España y en el mundo. Ese es su pecado.
Este juez, imperfecto y humano, pretende que la justicia tenga algo de humanidad o acaso que –utópicamente– alcance a la Humanidad entera, sobre todo por esos crímenes que la real politik olvida. Al mandar detener a Pinochet, en 1998, nos devolvió a todos la sensación de que los peces gordos no siempre reinan.
Que el esperpéntico dictador luego haya salvado el pellejo no apaga el gesto, que se repitió contra los crueles militares argentinos o contra miembros de ETA. Con toda esa saga, hizo del juez una figura cercana a las demandas de la gente y de la ley un camino, aun cuando en el laberinto judicial haya cometido desvaríos.
Por eso han salido ciudadanos a defenderlo. Porque al menos parece mirar a las víctimas, junto con los expedientes y los códigos. Y, aunque no fue ni es el único, porque puso en el escenario de la globalización la idea de que no sólo se tenían que caer las fronteras de las finanzas sino, además, las de la justicia.
Una vez Garzón dijo que “las heridas que no se limpian se vuelven a abrir”. Ahora él está herido y con ello se hiere también a los miles de deudos globales que, sintiéndose despreciados, veían y ven en este juez –tan humano como la contradicción, pero tan valiente como pocos– una real esperanza.❧
