Por Mirko Lauer
Una desgracia como la de Haití –asesina, masiva, súbita y relativamente próxima– convoca los mejores impulsos de todo el mundo, literalmente. Pero gracias a las comunicaciones ahora tenemos delante nuestro varias catástrofes similares, de las cuales Haití no es sino la más reciente. Esa perspectiva mueve a preguntarnos por el destino de nuestra solidaridad.
Hay temas de la primera hora que son impostergables. Lo que en los hospitales se llama la sección emergencia. Pero cuando esa hora pasa algo sucede con la solidaridad, como si los impedimentos de la realidad le atajaran la mano. Al poco tiempo los deudos, víctimas ellos mismos, encuentran problemas hasta para mantenerse en la noticia.
Cuatro años más tarde la reconstrucción de Nueva Orleans post Katrina sigue siendo un tema. Los recursos de los EEUU no han podido devolver a todos los damnificados, negros en su mayoría, a sus hogares. La buena voluntad ha chocado con las trabas administrativas, y hay familias que siguen viviendo en la catástrofe, ahora con algo menos de solidaridad.
Quizás no necesitamos ir tan lejos. En Pisco y sus alrededores muchos damnificados siguen esperando, como otra demostración de que los impulsos altruistas de la primera hora se van demoliendo también ellos. Por lo menos el antiguo jefe de Forsur ha sido reubicado en una nueva fundación de ayuda para el desarrollo.
¿Qué sucede en estos casos, a los que por cierto Haití no escapará? Parece que es más fácil identificarse y actuar frente a una catástrofe inesperada y súbita, y en cierto modo arbitraria, como un terremoto, que frente a una conocida y permanente, como la pobreza. Como que un terremoto puede afectar a cualquiera, pero la pobreza no.
Así, hay un imperativo moral que hace acudir al rescate de las víctimas del frío, el huaico, o el sismo. Pero no existe algo parecido en automaticidad o intensidad frente a la malnutrición, la enfermedad o la exclusión. Sin duda existe una lucha contra la pobreza, pero no hay la noción de una urgencia radical frente al problema.
La otra noción frente a la pobreza es que no es posible salvarlos a todos, y ciertamente no al mismo tiempo. Esto relativiza la idea de que la pobreza es una emergencia. Más bien se le ve como una forma natural de existencia, característica de un sector de la sociedad en la historia, como la prosperidad es característica de otro sector.
Haití: la OMS dice 30,000 tuberculosos nuevos cada año. De 200,000 a quizás 600,000 casos de HIV. El 80% de la población está bajo la línea de la pobreza. Las cifras de mortalidad infantil son un récord latinoamericano. Hay abundancia de cifras atroces, y para ninguna de ellas fue necesario que se diera antes un terremoto.
