Por Mirko Lauer
Ollanta Humala y su gente han pasado a recibir fuego graneado en tiempo récord. En menos de una quincena ya están descalificados por la prensa más de derecha, que se autofelicita por haber tenido la razón. Incluso hay sectores de centro por donde también circulan negros pronósticos, más o menos parecidos a los de antes de la primera vuelta.
Los pronósticos: inevitable deslizamiento hacia el chavismo, reconstitución del militarismo montesinista, reaparición del velasquismo y prolongación del generalizado clima corruptivo atribuido al aprismo. Para un gobierno recién llegado y sin mucha prensa, esto puede volverse un serio arrinconamiento.
Lo que se ve realmente hasta el momento es una sucesión de decisiones poco explicadas (algunas incluso poco explicables) que hablan de un equipo con poca experiencia de gobierno. Sobre todo nombramientos polémicos para muchos de los que manejan la opinión pública o declaraciones que traslucen poco entrenamiento.
Los más furiosos hoy son aquellos que vieron en las designaciones al MEF y al BCR el inicio de la continuidad con los dos gobiernos anteriores. Hoy parece más claro que ese fue el establecimiento de un ancla económica ortodoxa para poder llevar adelante los cambios políticos y sociales anunciados a lo largo de la campaña.
Cuando uno escucha esas voces desencantadas da la impresión de que el problema A1 del país no es realmente el crimen violento, o la pobreza y la exclusión, o la crisis económica externa y el crecimiento, sino la existencia del propio gobierno humalista, en el cual ya ven a media docena de regímenes dictatoriales juntos.
¿Qué se busca con esto, aparte de ventilar el hígado? Quizás fracturar la alianza del humalismo con el centro político, y empezar un proceso de reversión de los resultados electorales. Algo de esto vimos cuando ganó Alejandro Toledo en el 2001 y parecidos profetas de la catástrofe empezaron a pedir su revocatoria con argumentos más bien virolos.
Es cierto que el gobierno está acumulando metidas de pata, la principal de ellas no dedicar más tiempo y esfuerzo a explicar algunas de sus movidas más polémicas. Eso no calmará al antihumalismo ultra, pero sí introduciría en el debate algunos argumentos que ahora están faltando a gritos, y que seguramente los simpatizantes están esperando.
Cometería un serio error el gobierno si se deja provocar y arrastrar a una confrontación con los medios. Pues estos, incluso los que están cerradamente en contra del gobierno, son de gran utilidad para la buena marcha de una democracia. Promulgar medidas y poner en marcha iniciativas es la tarea del nuevo gobierno. También los gritones son de palo.
