Por Mirko Lauer
Daba la impresión de que la fuerza de Mercedes Cabanillas estaba en el Congreso, donde incluso parecía tener bases propias. Sin embargo ha aceptado un ministerio que es piedra de escándalo, y que hasta el momento no ha hecho ganar puntos a nadie bajo este gobierno. Debemos suponer que tiene buenos motivos, o que se estaba aburriendo en su curul.
Quizás piensa que el nuevo cargo la acerca algo más a la candidatura presidencial de su partido, lo cual ya fue en 1995. Pero esa es una oficina erizada de peligros, donde ya han conocido promesas enfáticas y una buena gestión rara vez es agradecida. Salvo que uno considere los extraños elogios de despedida de Alan García a Remigio Hernani como un agradecimiento.
Sin duda Cabanillas tiene el perfil adecuado para ministra del Interior: enérgica, articulada, ordenada, y algo avasalladora. Además proyecta una imagen incluso más aprista que la de Luis Alva Castro, si cabe. Tanto así que algunos en la izquierda expresan un temor de que “apristice” ese ministerio con su presencia.
Eficiente como es para ciertas cosas, Cabanillas no parece parte de ningún diseño estratégico. Lo más probable es que simplemente le haya tocado su momento en la rotación de dirigentes apristas por los altos cargos. Que haya ofrecido reorganizar la PNP es digno de saludo, pero no debemos hacernos muchas ilusiones.
Hernani tuvo que irse porque si bien es un sabueso de reconocida excelencia, sus dotes administrativas son limitadas, vive obsesionado por la paleo-pugna Guardia Civil-PIP-Republicanos, y en el ministerio le dio por hacer declaraciones horribles sobre toda clase de temas. La mención que hizo de John F. Kennedy en el tablazo no será olvidada pronto.
En cambio Cabanillas es una política curtida y eficaz, con gran muñeca y larga experiencia en el manejo del Estado, y con un claro sentido de lo que es el poder civil. Pero claro, todo eso y más tenía Alva Castro en su breve paso por el ministerio. No es un juego de palabras decir que esa cartera es peor que los ministros que la han ocupado.
Las primeras declaraciones de Cabanillas en Palacio sugieren una viva conciencia del carácter político de su nuevo cargo, y la necesidad de conducirlo con cierta mano dura. Ha dicho que no es precandidata a nada, y que no tiene necesidad ni deseos de congraciarse con nadie, y probablemente no lo va a hacer.
Con Cabanillas en el Ejecutivo, Javier Velásquez Quesquén mirando la puerta de salida y Jorge del Castillo abrumado por los petroaudios, la célula parlamentaria aprista anda medio desvestida. Quién sabe si este es el momento de Mauricio Mulder, siempre y cuando logre mantener serenas las aguas que surca la nave del Apra.
