Quizás solo se fue de boca llevado por el ardor de una manifestación, como ha dicho Gregorio Santos a guisa de excusa. En cualquier caso sus declaraciones sobre derrocamiento presidencial de hace un par de días le hacen flaco favor a las protestas, al pintarlas como parte de un complot putchista en marcha por todo el territorio.
Lo que evocó al mencionar los casos de Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez en Ecuador o Gonzalo Sánchez de Losada en Bolivia es claro: bajo ciertas circunstancias una escalada suficiente de manifestaciones desordenadas pero bien coordinadas en las calles puede deslegitimar a un presidente, y luego derrocarlo.
Quizás Santos sabe algo que los demás no sabemos, pero en este momento el Perú parece muy alejado de ese tipo de escenarios vecinos. Los intentos de articular las protestas en un movimiento nacional son sumamente embrionarios, los recursos del gobierno vienen siendo mal usados, pero no están agotados, y no hay un Evo Morales a la vista.
Lo que sí hay es un ánimo de confrontación en sectores del gobierno y de la protesta. Santos ha imaginado a ese ánimo con capacidad de escalar a niveles ecuatorianos o bolivianos, probablemente con él de protagonista central. De ser así, no se ha puesto a reflexionar por qué los líderes de Bagua han casi desaparecido de la política en pocos años.
A estas alturas está más o menos claro que vamos a ver más protestas en torno de las grandes inversiones. Algunas con buenos argumentos ambientales, o conducidas por profesionales con claros objetivos políticos, o surgidas de la ignorancia de los relacionistas empresariales con las comunidades, o por comprensibles reclamos económicos.
Corresponde al gobierno diferenciar con claridad entre los distintos tipos de conflictos, e impedir que estos terminen arrinconados en una sola ira. Entender además que los conflictos no pueden, ni deben, ser todos reprimidos. Lo que sí se puede es evitarlos, contenerlos, resolverlos. Algo más fácil de decir que hacer, cierto, pero no por ello menos necesario.
Si acaso existe un ánimo putchista como el que podría haber revelado Santos, entonces el escenario para salirle al frente no es el de las protestas mismas, donde abundan los participantes ajenos a criterios políticos. No tiene sentido confundir el orden público con la seguridad del Estado, como notoriamente lo ha hecho un enardecido Santos.
El men de Cajamarca ya tiene suficientes inconductas administrativas juzgables como para cargarle esta nueva de la rebelión. En el fondo solo está contándonos sus sueños de amapola cajamarquina: el partido nacional propio, la candidatura presidencial que declina antes de tenerla, un lugarcito en la cripta latinoamericana de los devoradores de presidentes constitucionales.
