Por Mirko Lauer
Este sábado juramenta el ministro de Cultura. La idea es que se trata de un salto en las relaciones Estado-cultura, y a algunos esto les despierta grandes expectativas. En cualquier caso el prestigioso antropólogo Juan Ossio está asumiendo una enorme tarea: poner en marcha una relación dinámica entre el Estado y una proteica rama de la vida nacional.
El ministerio nace en una época en que los significados de la palabra cultura han estallado. Hoy resulta intercambiable con conceptos como nacionalidad o clase social. En el Perú se traslapa con muchas identidades étnicas o geopolíticas. Todo esto al grado de que intentar definir la palabra se ha vuelto un peligro.
Pero las tareas que le esperan a Ossio son más concretas. Por lo pronto le tiene que dar vida a un organigrama que sobre el papel ya se presenta complicado, formado por instituciones con largas vidas administrativas propias, califatos antiguos y fueros que al inicio dificultarán toda supeditación. Lograr esto es una clave del éxito.
Lo anterior por un tiempo debería inclinar al nuevo ministro a reconocer que además de una autoridad positiva cabal, tendrá la autoridad de un coordinador o, como sucede en Defensa o Interior, la figura de un acopiador de recursos presupuestales para la marcha de los organismos a su cargo. Todo esto entre los reclamos de una revolución de expectativas.
Recién entonces podrá fijarse Ossio en el panorama amplio de la cultura como actividad cotidiana fuera del Estado, en la cual destacan la gran vitrina arqueológica que atrae al turismo, las artes del espectáculo que nos ubican en el escenario de la globalización, el mercado en expansión de los discursos artísticos y académicos.
La cultura existe hoy como una variadísima actividad productiva que genera, de forma directa o indirecta, como mercado interno y como exportación, el sustento de millones de peruanos, a la vez que cultiva su identidad social, su vida espiritual, su tiempo libre. Su esencia está en la variedad y en la libertad creativa.
Ossio asume la cartera cuando el gobierno empieza a estar con un pie en el estribo. Esto lo obligará a priorizar unas cuantas metas realizables en pocos meses y a trabajar para una posta eficiente. Pero el tiempo da de más para empezar a convertir a este flamante ministerio en un centro de excelencia en gestión cultural.
Esta columna opinó en su momento que era preferible fortalecer los organismos existentes (más presupuesto, reorganización modernizadora) antes de crear un ministerio. Pero ante el hecho consumado es obvio que ahora se trata de mirar al recién llegado con ánimo positivo, y de detectar las fuerzas que pueden salir de allí.
