Para el Perú ser anfitrión de una cumbre antidrogas a la que asisten unos 60 países es una situación embarazosa. Ya se sabía que nos habíamos vuelto el productor Nº1 de cocaína. Pero ahora los reflectores periodísticos sobre la cumbre dan detalles que si bien no son nuevos, tampoco son para ser ventilados internacionalmente.
Sonia Medina, jefa de la Oficina Antinarcóticos en la Fiscalía de la Nación, declara a la agencia Associated Press que el dinero de la droga ha “consistentemente frustrado” los juicios de lavado dinero y narcotráfico. Hay una parálisis, añade, y los jueces y fiscales dedicados son escasos. Su comentario incluye el año que acaba de transcurrir.
Otro comentario que recorre la prensa mundial es el predominio militar de facto de las columnas narcoterroristas en muchas zonas cocaleras. En The Wall Street Journal John Lyons informa que los cultivos de coca peruanos están en plena expansión, y que hoy 8% se cultiva y procesa en las profundidades de la frontera amazónica con Brasil.
Varios titulares del mundo pusieron la cosa descarnadamente: “Cumbre mundial pone de relieve el problema de cocaína que tiene Perú”. Una lectura es que una parte importante de los invitados a Lima no esté pensando que si los gobiernos aquí fueran más eficaces en esto, habría menos problemas con la droga allá.
Para Ollanta Humala el cónclave tiene que haber sido incómodo. Pero igual dijo que el Perú tiene logros que mostrar al mundo junto a los desafíos pendientes en el tema. La idea postulada de que hemos reunido a los países del mundo en torno al tema de la droga inevitablemente sonó melancólica en ese auditorio internacional.
A pesar de que los países consumidores comparten buena parte de la responsabilidad, está claro que en este asunto somos el malo de la película. Las hectáreas aumentan, y con ellas las exportaciones. Las columnas armadas se consolidan. No hay protesta ambientalista contra quienes vierten ríos de kerosene y similares solventes en la ceja de selva.
Lo bueno de la cumbre, con sus incómodos reflectores y todo, es que ha reforzado la noción de una responsabilidad compartida. Su debilidad ha sido la negativa a discutir los planteamientos que circulan, cada vez más y en círculos de creciente influencia política, sobre la legalización de ciertas drogas.
No se discutió, que se sepa, el caso uruguayo, donde ya se discute una ley que pondría al Estado de agricultor y expendedor de marihuana, con el fin de atajar el mercado negro de la sustancia. La ley prohibiría la venta a extranjeros, para impedir el tipo de narcoturismo que floreció en Holanda cuando se permitió el expendio libre en algunos cafés especializados.
