Por Mirko Lauer
Hasta donde llega la información actual, el golpe militar de Honduras ha sido dado contra una iniciativa de plebiscito constitucional que hubiera abierto las puertas a la reelección del presidente Manuel Zelaya y propiciado un mayor avance de dicho país hacia la esfera de influencia latinoamericana de Hugo Chávez.
Los golpes de derecha contra gobiernos elegidos de izquierda son un rasgo conocido en la historia de América Latina. Sin embargo el hacendado Zelaya no parecía muy izquierdista, ni como candidato ni como presidente. Quizás el recurso a la explicación ideológica complica un panorama de pugnas entre pragmatistas.
Este tipo de proceso de mutación constitucional organizada desde la presidencia se ha venido dando con éxito en varios países, pero siempre contenido dentro de los cauces de la democracia. Gobiernos y opositores (abundantes y furibundos en muchos casos) han mantenido a las fuerzas armadas al margen, por lo cual se ha venido llamando a la pugna una guerra fría.
Desde Venezuela hasta Honduras la clave del conflicto ha estado en la reelección: la suma de fuertes electorados insatisfechos con el orden establecido, acceso a recursos públicos y nuevas normas constitucionales aspiran a mantener la voluntad popular indefinidamente del lado del gobernante. Lo cual relativiza mucho las opciones de alternancia en el poder.
La derecha ha venido perdiendo en este juego. En algunos casos simplemente ha aceptado ese curso de la democracia, a la espera de su oportunidad, como sucede en los lejanos espejos del hemisferio norte. En otros casos ha tomado las calles, hasta el momento con poco éxito. Hasta aquí la ley de los grandes números electorales ha mostrado ser decisiva.
Quienes en la órbita bolivariana mantienen la sartén del poder por el mango del gobierno no han sido siempre pulcros en su respeto a las convenciones democráticas, pero han tenido el tino de mantenerse dentro de ese marco básico. Esto para no ser acusados de golpistas y poder avanzar de a pocos hacia las formas de estatismo que Chávez llama socialismo del siglo XXI.
En consecuencia la sensación que flota en el ambiente de la derecha es que allí donde un chavista, o simplemente un izquierdista, gana una elección las cosas se mantendrán así indefinidamente, gracias a un rosario de reformas constitucionales y efectivas concesiones a algunas necesidades populares, materiales o simbólicas.
En este contexto la democracia va camino de convertirse en una suerte de tablero virtual. Los jugadores tienen que usarlo, pero creen cada vez menos en él. Los militares hondureños le han dado ahora la clásica patada al tablero, y la amenaza de Chávez de realizar una suerte de rederrocamiento en Honduras ha terminado de poner en evidencia la naturaleza del asunto.
