La pugna del momento en Europa es austeridad vs estímulo. La primera tiene un costo político en la medida que supone menos Estado de bienestar, al menos por un tiempo. Lo segundo es visto como económicamente riesgoso por muchos banqueros centrales. Al menos en estos días la propuesta de austeridad está perdiendo batallas.
La alemana Ángela Merkell, campeona de la austeridad, acaba de perder una importante votación sobre el tema en su propio país.
El victorioso François Hollande ha intentado colocarse al medio de la cuestión postulando una austeridad sin recesión para Francia. En Grecia los intentos de emprender un ajuste vienen fracasando.
El estímulo funcionó bien en la crisis del 2008 en los EEUU, pero no tanto en la Unión Europea. La buena marcha de parte de América Latina en el decenio, incluido Perú, es atribuida a los rezagos de austeridad fiscal en la región. A la postre la tendencia va siendo que cada uno toree las amenazas de mucho mayor crisis a su manera.
En este panorama inevitablemente están surgiendo propuestas intermedias, que es a lo que apunta Hollande. Pero estas todavía tienden a ser vistas como el peligro de quedarse con lo peor de las dos opciones, lo cual incluiría un retorno a una versión radical del estancamiento con inflación (estanflación) que marcó la crisis de los años 70.
La cuestión es que este debate no se está dando solo desde los escritorios de los especialistas, sino sobre todo en las calles y las urnas, donde cada vez más europeos se resisten a pagar con su bienestar el costo de una crisis cuyo origen atribuyen a irresponsables especuladores financieros que ahora los gobiernos buscan rescatar.
El camino de la austeridad en el Tercer Mundo, que ha dado algunos resultados, se ha apoyado en la debilidad de las instituciones, entre ellas la ciudadanía. Pero una creciente mayoría de europeos siente que tiene mucho que perder por ese camino, y mira hacia el estímulo en los EEUU como una opción que merece ser ensayada.
Mientras tanto en los EEUU, donde la economía se va recuperando de a pocos, las opiniones están divididas. A menudo una misma persona desea un menor gasto fiscal que enfríe la economía pero a la vez que se mantengan sus beneficios. Pero una mitad de esa mente parece condenada a la desilusión.
Lo que está en juego en este debate, que en verdad ya es un pulseo político, es el peligro de una recesión capaz de materializar las peores amenazas del 2008, que parecían superadas a partir del 2009. El Perú haría bien en seguirlo con acuciosidad, pues cualquier catástrofe de ruta en el hemisferio norte sería sumamente contagiosa.