Por: Mirko Lauer
Algunas personas piensan que los resultados electorales deberían traducirse también en un cambio de status domiciliario de Alberto Fujimori. Como perdió la elección, debe ir a una celda común dice uno. Dado que obtuvo 48% en segunda vuelta convendría indultarlo, afirma otro. Ambos raptos de inspiración están igualmente desencaminados, y han sido prontamente desmentidos.
En el caso de Fujimori, como dicen los franceses, es urgente no hacer nada. La condena y sus términos fueron establecidos por el Poder Judicial, y no por el Jurado Nacional de Elecciones. No tiene sentido, e insulta a los jueces, jugar con el tema en un contexto electoral. El sistema institucional no tiene por qué practicar la crueldad ni la tontería, que son primos hermanos.
Sin embargo no le hará daño al nuevo gobierno considerar en algún momento la posibilidad de mejorarle la vida a este preso septuagenario dentro de los límites de la ley (y a tantos otros presos, ya que estamos en eso). No ensañarse con el vencido ennoblece, y en este caso además ayudaría a desactivar en algo una de las principales fuerzas motrices del fujimorismo.
Dicho lo cual, es obvio que el status del preso ha cambiado. Sus 13 disciplinados votos parlamentarios del 2006 se han convertido en 37, pero ya no son necesarios para el Ejecutivo. La campaña ha hecho que la hija avance de cariñosa subordinada a evidente competidora en los círculos partidarios. A la vez el antifujimorismo ha demostrado ser una fuerza articuladora de lo nacional.
En términos gruesos puede afirmarse que hoy Fujimori tiene algo más que administrar que ayer: además de la bancada misma, hay una pequeña dinastía familiar, una corte de nostálgicos de los años 90, una voz en los conciliábulos de la extrema derecha. Todo lo cual puede perfectamente ser manejado desde el bungalow con jardín de la Dinoes, siempre y cuando todos quieran seguir acudiendo al mismo ritmo.
Es de suponer que, como en toda derrota, al fujimorismo se le viene, si no ha venido ya, un periodo de reproches y ajustes de cuentas internos. Haber llegado segundos o haber hecho juramento de sangre con PPK no les da un espacio cómodo en la política nacional. Los socios apristas han desaparecido, y los grupos del centro-derecha por un tiempo se van a dedicar a llevarle una cuenta amigable al gobierno.
Las opciones del fujimorismo están entre ser copado por el fundamentalismo religioso de la extrema derecha, modernizarse en manos de los tecnócratas keikistas del equipo, o mantenerse como una coalición de albertistas nostálgicos empecinados. Es difícil que se puedan mantener como las tres cosas a la vez, como intentó Fuerza 2011 sin suerte en esta campaña.
