Desde la perspectiva estratégica este último periplo del HMS Montrose puede ser visto como la antesala de una hipotética segunda guerra de las Malvinas/Falkland. Argentina ya ha denunciado ruido de sables en el Atlántico sur, y Gran Bretaña ha empezado a evaluar las perspectivas de una invasión argentina a las islas.
Hace poco más de una semana el contralmirante Sir John Forster Woodward, el mismo que dio la orden de hundir el Belgrano, opinó que Gran Bretaña no estaba en condiciones de desplazar una fuerza naval equivalente a la de hace 30 años, y que sin el control del único aeropuerto de las islas, no tendría manera de recuperarlas.
El comentario es clave pues en 1982 Gran Bretaña desplazó los portaaviones HMS Hermes y HMS Invincible, y ahora no cuenta con una sola nave similar. Además el gobierno de Pinochet hizo de Chile un portaaviones al servicio de la fuerza británica, lo cual ya no sucedería en el caso de un conflicto.
La situación, pues, se parece a la de Israel frente a Irán. Israel cuenta con la fuerza militar, pero la distancia del objetivo complica su utilización efectiva. Por eso quebrar el frente que ha logrado montar Argentina para su causa a partir de la UNASUR es vital para Gran Bretaña, cuanto más cerca de las islas mejor.
El gobierno de Sebastián Piñera se negó la semana pasada a desempeñar ese papel. Pero un sector peruano con acceso al poder ha producido la primera grieta en ese frente. La historia de por qué el ministro de Defensa, Alberto Otárola, y un grupo de congresistas abrieron esa grieta todavía está por investigarse. Pero sus efectos están a la vista.
Gran Bretaña se ha lanzado con toda decisión a debilitar al canciller peruano y su posición pro Argentina/UNASUR. ¿Es porque tiene información sobre una posibilidad de que el Perú se ponga británico, o cuando menos neutral, si llega a haber un conflicto? ¿Esto lo lograría solo con el peso de sus grandes inversiones en el país?
Los críticos de Rafael Roncagliolo subestiman la importancia de Buenos Aires y destacan la de Londres. Pero deberían reflexionar acerca de los efectos del aislamiento diplomático que produciría darle la espalda al UNASUR. Para no hablar de las consecuencias de que los aviones militares británicos aterricen en el Perú a su paso hacia la guerra en el Atlántico.
Aun si la guerra no se llega a producir, es evidente que un desaire a Buenos Aires contribuirá a debilitar las opciones argentinas de llevar a Londres a la mesa de negociaciones. Lo cual en cierto modo le cierra a un Perú convertido en portaaviones de una potencia europea el acceso a la solidaridad sudamericana, si llegáramos a necesitarla.
