Por: Mirko Lauer
La cercanía de Colombia y Perú se apoya en un hecho clave: ambos países alojan una combinación de producción/exportación de drogas con movimientos armados particularmente dura de eliminar. No son los únicos. A otra escala, Afganistán vive un caso parecido en torno al opio (89% de la producción mundial).
La comparación con Colombia hasta ahora ha tendido a considerar los órdenes de magnitud de la amenaza y su horizonte histórico para llegar a la conclusión de que son escenarios potencialmente vinculables, pero diferentes. Pero han empezado a perfilarse algunos preocupantes parecidos nuevos, que es preciso tomar en cuenta.
Hoy ya no solo compartimos la combinación drogas-grupos armados, sino otra de igual importancia que liga centros de producción con rutas de exportación a centros internacionales. Esta integración vertical le permite al negocio operar con inédita eficacia en las zonas remotas y atrasadas, en lo que es una política de expansión más comercial que militar.
El factor decisivo en la confrontación es la necesidad de proteger la capacidad de producir y transportar la droga. En esto el narcotráfico no desea manejar un ejército si no lo necesita, y cuando lo necesita no busca uno más grande de lo necesario. El objetivo central es la contención de los esfuerzos antidrogas.
En un país tan importante para el negocio como Bolivia no ha sido necesario ir a la defensa armada, ni siquiera cuando se impuso una política de coca cero, pues se percibió que siempre hubo otra salida. Evo Morales ciertamente ha hecho esfuerzos por contener el cultivo, pero ha impedido el establecimiento de una política más agresiva.
Cuando aparece el empleo de grupos armados, los narcos y los Estados entran a un punto de no retorno. La lección colombiana es que esa guerra es larga y complicada, y no se resuelve exclusivamente con capturas o destrucción de laboratorios. Lo mismo piensa, casi tres decenios después del inicio del problema, Washington.
Hoy, con las emboscadas a soldados en alza, está claro que las fuerzas del Estado peruano, y no solo las armadas, deben preparar la estrategia de un conflicto prolongado, y descartar la idea de una victoria rápida, como a menudo la reclaman la opinión pública y los medios. Nada más peligroso que estrategias vinculadas a intereses políticos inmediatos.
Una estrategia así podría comenzar por un intento de definir qué es exactamente una victoria. Por años el narcotráfico ha manejado los tiempos de esta guerra, decidiendo las treguas y las ofensivas, así como los escenarios de la confrontación. Esta guerra debe ser repensada más allá de la suma de los incidentes.
