Por Mirko Lauer.
El huayco es súbito, automático en lo que tiene de efecto de la humedad y la gravedad, ciego e indetenible en su avance pero 100% determinado por un cauce. Toda ladera andina muestra las cicatrices del paso de numerosos huaycos pasados y posibles, pero la ruta que elegirá la avalancha de este año o el otro la decidirá el azar. Allí la diferencia entre la banalidad y la tragedia.
Una antigua experiencia histórica y la ciencia física no dejan dudas sobre que un próximo huayco se va a producir, o más bien muchos próximos huaycos. Pero en este tema no funciona el fatalismo nacional, sino un gusto tanático por hacernos trampa a nosotros mismos: si ya pasó por esta quebrada, entonces no va a volver a pasar; si nunca ha pasado por esta quebrada, entonces por qué va a pasar ahora.
El huayco es más o menos lo contrario del planeamiento. Por eso quizás el ejemplo más usado para ilustrar la imprevisión es el de quienes construyen sobre la ruta de un huayco. Pero parte del problema es que en las laderas a las que son relegados los más pobres, casi todo es efectiva o potencial ruta de huayco. Más ahora que el clima está cambiando.
Pero los huaycos no solo arrasan chozas. También parten carreteras, entierran sembríos o, como en el reciente caso de
Winchumayo, aplastan minas. En todos los casos hay muertos por sorpresa que lamentar, y elaboradas explicaciones de la tragedia, que a menudo terminan en algo así como que el sacrificio de vidas humanas era en el fondo inevitable.
Pero formalmente hablando, todo es evitable frente al peligro de huayco. Por lo pronto están los consejos de Defensa Civil acerca de ubicar y evitar cauces conocidos, establecer lugares seguros, montar sistemas de vigilancia en épocas lluviosas. Pero son consejos para gente y construcciones que evidentemente ya se encuentran demasiado cerca del peligro.
Es que hay algo de taurino –riesgoso, atrevido y por último tozudo– en todo el asunto de vivir esquivando la destrucción por huayco, esa serpenteante divinidad subterránea que se desprende de las alturas. Pero uno de los primeros requisitos de la modernidad es dominar al huayco, en el sentido de impedirlo, o esquivarlo, o abrirle paso por un curso previsible.
El súbito deslizamiento está incorporado al resto de la realidad peruana. Producimos resultados electorales inesperados y por avalancha. Si de pronto nos desmejoramos a menudo es porque se nos vino el huayco. A los desprevenidos se los puede llevar el huayco. Héctor Velarde hubiera dicho que esa es nuestra manera de vincularnos con las leyes de Newton.
