La buena performance de Nadine Heredia en las encuestas parece ser producto de una falta de información del público. Este no la está viendo como un cuadro político clave del humalismo, sino solo como un personaje mediático, el tipo de figura en la cual simpatía personal y estilo son los factores decisivos, y la política lo secundario.
Estamos hablando, pues, de una figura construida en parte por los medios, único camino de acceso del gran público a la primera dama de su país, y en parte por Heredia misma. Ella cultiva una omnipresencia protocolar, pero su condición de poder operativo junto al trono es cuidadosamente mantenida lejos de la mirada del público.
No hay realmente un código establecido para la primera dama en el Perú. Pero en términos generales la idea es que sea en efecto una dama, en algunos de los sentidos tradicionales de la palabra: elegancia, modales, corrección. Una estampa con la que mujeres y hombres puedan identificarse, incluso al margen de la circunstancia política.
Heredia viene manejando estas variables con singular habilidad, y su casi 60% de aprobación se debe a que el gran público la ve más como Jacqueline Kennedy, el adorno amable de una presidencia, y no como Cristina Fernández, la ambiciosa socia del poder Kirchner. El grado en que Heredia influye en decisiones, o incluso las toma, es casi un secreto de Estado.
Los tweets de alto impacto, algunas apariciones decisivas o las versiones sobre su fuerte influencia en asuntos del Ejecutivo no han logrado hasta aquí mellar la imagen mediática de Heredia. Se le reprocha deslices de protocolo o un nutrido guardarropa, pero hasta el momento todos esos chachás parecen de teflón.
Sin duda una primera dama popular es un activo político, que hace más simpática a la presidencia. Aunque al mismo tiempo es un adorno cuya capacidad de distraer de lo que se critica en un presidente es limitada. Aunque no hay cómo establecer lo que serían hoy las cifras de Humala sin Heredia activamente a su lado. Probablemente menores.
Es inevitable que en un momento la imagen de Heredia salte a la política. No necesariamente porque vaya a ser candidata, sino porque una exposición acumulativa al poder imprime carácter, hasta llegar a un grado que puede ser intuido por el público. Además el tema de la elección de una primera presidenta del Perú está a la vuelta de la esquina.
Mientras tanto, alas y buen viento a la imagen mediática de Heredia, quien junta el estilo tecnocrático-asistencialista de Violeta Correa y la elegancia personal de Pilar Nores. Además de un estilo juvenil que hace tiempo que no se veía en Palacio, si acaso alguna vez. Un Camelot unipersonal peruano, todavía libre de los embates de la política.
