Por Mirko Lauer
Es la hora de proponer alianzas. Pocas se van a materializar, pero todas las propuestas revelan más o menos lo mismo: las agrupaciones políticas consideran que convendría juntar fuerzas frente a lo electoral-impredecible. Si pudieran juntarse todas frente al cuco del outsider, lo harían. En realidad es lo que están haciendo, por partes.
Las alianzas electorales son una tradición de la política electoral peruana, que ha tendido a ser el choque de dos antiguas placas tectónicas: Haya y anti-Haya. Además de esto los partidos establecidos se sienten débiles frente a la política de lo inesperado. Las alianzas funcionan como suertes de gremios de partidos.
Como siempre, hoy hace interesantes a las alianzas su aparente incongruencia. Entre las posibilidades mencionadas: Alejandro Toledo con los izquierdistas que choteó de su gobierno apenas le convino; el PPC con los apristas que han detestado y combatido toda la vida; AP casi con cualquiera que esté dispuesto a firmar.
Las alianzas son, por definición, entre fuerzas diferentes, por el objetivo democrático de ganar una elección. De modo que las incongruencias no deberían sorprender, ni disgustar: en el fondo le están presentando al electorado nuevas posibilidades, allí donde parecía haber solo tabiques infranqueables.
Algunas de estas propuestas tuvieron éxito. Al Apra le fue bien entendiéndose con antiguos enemigos que parecían irreductibles. A AP le fue bien subiendo a bordo izquierdistas con proyectos diferentes. Son acuerdos llamados a decantarse por el camino, con cada cual llevándose a casa su ganancia, y las partes lo saben bien desde el inicio.
La búsqueda de un independiente por parte del Apra, o los llamados a la unidad en parte de la izquierda, son a su manera movimientos en pos de alianzas. Salvo el fujimorismo aislado en su buena intención de voto, puede decir que todas las posiciones buscan confluencias fortalecedoras. Quienes las logren habrán ganado algo en esta hora.
Pero las alianzas hacia el 2011 son algo diferentes. Ya no son los partidos que se dividían buena parte del electorado a tercios, sino partidos acotados por bolsones electorales que pesan mucho y no revelan su rostro nacional hasta el último, irreparable momento. Acabamos de verlo en esta última elección municipal en Lima.
Son, pues, alianzas esencialmente defensivas. Lo cual no está necesariamente mal, en la medida que la única gobernabilidad perceptible está en los partidos establecidos a partir del debate limeño y en las encuestas que lo siguen. Todavía no ha aparecido el movimiento regional o independiente que pueda reemplazar esa institucionalidad.
