El despido del presidente paraguayo Fernando Lugo no ha gustado entre sus colegas, sobre todo aquellos más a la izquierda, convencidos de que una presidencia encarna mejor la democracia que un Congreso.
Unos cuantos gobiernos anuncian resistencias a reconocer al nuevo presidente, y algún canciller ha hablado de golpe de nuevo tipo.
El espectáculo es dramático, pero no tan inusual. Que Parlamentos y presidentes se intenten cancelar, o incluso se cancelen unos a otros es moneda corriente en América Latina. Aquí mismo vimos al Congreso precipitar la renuncia por fax del prófugo Alberto Fujimori, y más adelante propiciar movidas para el desalojo de Alejandro Toledo.
En Ecuador, donde la combinación preferida es turbas + Congreso, la lista de los presidentes despedidos se va alargando. Hace no tanto hemos visto a un presidente de Colombia concluir su mandato con las justas, y a uno de Brasil quedarse por el camino. El puesto es menos estable de lo que parece a primera vista.
¿Que el Congreso retire a un presidente es un revés para la democracia, como han dicho Lugo y varios de sus colegas, incluido Ollanta Humala? Los Congresos solo pueden revocar siguiendo una disposición constitucional. De modo que más se puede alegar anticonstitucionalidad (por ejemplo, la velocidad a la cual Lugo fue siquitrillado), que antidemocracia.
Todo esto tiene que ver con el sistema de contrapesos de la democracia. En América Latina el Ejecutivo, léase el presidente, pesa demasiado en relación a las otras instituciones. Más todavía ahora que presidentes populares han confeccionado enmiendas constitucionales para reelecciones inmediatas, casi una forma de monarquía electoral.
El Congreso en cambio solo puede pisar fuerte cuando el Ejecutivo carece de mayoría. Pero como el Congreso no puede gobernar, ni pisar demasiado fuerte, el debilitamiento del Ejecutivo tiende a ser la antesala de un golpe de Estado, a veces bajo la forma de una convocatoria a elecciones adelantadas.
Lo que le ha pasado a Lugo ha escarapelado a los presidentes olímpicos del populismo latinoamericano, una parte de cuya permanencia en el poder siempre ha tenido que ver precisamente con una capacidad de manipular a los Parlamentos de sus respectivos países. Han sentido su omnipotencia afectada al mirarse en el espejo del ex obispo.
Que Lugo haya sido depuesto a raíz de un incidente de desalojo con muertos le da un sentido adicional a la situación: las consecuencias de la violencia en las calles puede terminar afectando a los más altos funcionarios políticos. Es la dinámica de la revolución, que muchos presidentes de hoy han preconizado.
